Unidad nacional (I)

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Inevitable recordar Puntofijo y el proceso político previo, al menos entre finales del ‘56 y el fin de la vigencia plena o limitada del corto experimento unitario, en 1961 o 1968. Excluidos, aunque no del todo, el Partido Comunista y el militarismo embridado, Venezuela reunía, en 1958, las condicion Inevitable recordar Puntofijo y el proceso político previo, al menos entre finales del ‘56 y el fin de la vigencia plena o limitada del corto experimento unitario, en 1961 o 1968. Excluidos, aunque no del todo, el Partido Comunista y el militarismo embridado, Venezuela reunía, en 1958, las condiciones para un acuerdo de unidad nacional durable, logrado parcialmente, pero lamentablemente desaparecido, en los términos que nos interesan, más pronto de lo que se afirma con ligereza por ahí.

Un acuerdo nacional durable a mantener o mejorar es un logro importante desde la perspectiva de la Economía Constitucional, para la posibilidad de un largo tránsito a la consolidación democrática. Diversos factores de entorno y la falta de un Proyecto Nacional –de un Programa Máximo, como se acostumbraba decir desde años en la política nacional- hicieron naufragar muy pronto las esperanzas de una construcción nacional sostenida.

Políticamente, el mal comenzó con el gobierno unipartidista de Rafael Caldera, del ’69 al ’74. Institucionalmente, con el desmontaje de las reglas fiscales y monetarias, entre el ’69 y el ’78, por obra de Pedro Tinoco y los gobiernos de turno. Económicamente, en el ’78, con la caída del crecimiento económico.

La droga de los ingresos petroleros incrementados desde comienzos de los ’70 hacía creer en la imagen de un país exitoso; pero ni lo fuimos, ni lo somos. Éramos y somos solo una malquerida mina, expoliada y desaprovechada para grandes fines nacionales. Betancourt murió, en los comienzos de los ’80, tras la búsqueda de un nuevo acuerdo: lo que llamaba un gobierno de concentración nacional.

Solo la recurrencia de lo que Germán Carrera Damas llama el proyecto liberal autoritario, trasmutado ahora a un socialismo autoritario, con adornos y afeites, no sé si del folklore o de la tragedia, hizo, desde el 2001, en el plano ciudadano, resurgir el concepto de unidad nacional.

Se materializó, con debilidades directivas y estratégicas, en el 2002, en la desaparecida Coordinadora Democrática de Venezuela, resurgió en el 2006 con el tránsito a un acuerdo cupular de candidatos y dueños de medios, que dio lugar a la candidatura de Manuel Rosales y llegó, el 23 de enero de 2008, a la concreción de la actual estructura unitaria, la llamada Mesa de la Unidad Democrática (MUD), un acuerdo de partidos, sin duda un buen avance, pero aún requerido de su carácter nacional y su modelo de gestión política integral.

Vale la pena la referencia al Dr. Carrera Damas, para traer a colación el tema de lo que podemos llamar el “cemento” de la unidad nacional: el Proyecto Nacional. Cualquiera podría decir que no es el único aglutinante; pero, no hay dudas de que es el mejor. Una coincidencia mínima sobre el país que queremos resulta necesaria al acuerdo nacional durable que referimos.

Lo que existe –lo hemos dicho antes- es insatisfactorio. Como lo es apoyarlo en el liderazgo, el carisma o la política tradicional. O peor aún: creer que la política en tiempos de totalitarismo es un asunto de encuestas o marketing político. No tenemos dudas de que la política democrática debe interesarse en el Proyecto Nacional Venezolano carreriano, que debe ser un Proyecto Nacional de Paz y Progreso, montado sobre el riel de un largo proceso de transición a la democracia.

Léase bien el párrafo anterior: lo que estamos asentando es nuestra convicción en el valor de un buen Proyecto de País para el logro de un acuerdo durable, ojalá que institucionalizado. Proyecto versus liderazgo o carisma, acuerdo versus hegemonía o competitividad, instituciones versus discrecionalidad, son algunos de los dilemas a resolver. Ya saben por dónde andan las preferencias del sistema político imperante y por dónde las nuestras.

Betancourt y el sistema político de inicios del anterior ciclo democrático, el iniciado el 23 de enero de 1958, con todo el respeto y reconocimiento que les tributamos, fallaron en esos asuntos. La fuerte convicción en la alternancia, en Rómulo, chocó contra el mundo de las políticas partidistas y liderazgos de vocación hegemónica y minaron la posibilidad de permanencia de Puntofijo.

Para un nuevo ciclo, un claro incentivo económico en el Proyecto de País es necesario. Un incentivo, dije, no un simple enunciado. Ya antes lo hemos referido, como insumo para el debate. Ese ciclo debe apoyarse en un acuerdo nacional, no uno partidista. También hemos sugerido términos de referencia para él. La exigencia de permanencia y sostenibilidad debe ser firme. Y su institucionalización debe ser procurada.

Estamos obligados a debatir estos asuntos. Hay que trascender del mundo partidista al amplio apoyo de sectores cruciales al Proyecto. Se hace necesario establecer el incentivo económico que le insufle viabilidad a un progreso sostenido de progreso nacional. Es plausible debatir de forma ampliamente participativa el Proyecto y se debe garantizar la creación institucional que le dé sostenibilidad al propósito.

Son algunos de los temas más evidentes en el forzoso manejo de un nuevo, por más amplio, concepto de Unidad Nacional en la política democrática venezolana. En algunos, ya hemos fijado posición. Sobre otros, peliagudos, trataremos en esta serie.

* Santiago José Guevara García

(Valencia, Venezuela)

sjguevaragarcia@gmail.com / @SJGuevaraG1

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