Comprender Venezuela (V°)

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“Hay que definir, no un programa de gobierno, sino una exigente y prolija transición democrática”. En el artículo anterior decíamos “que un esfuerzo de reinstitucionalización general debe ser abordado como urgencia y plan altamente estructurado de los dos primeros trimestres de ejercicio”. Resulta lo mismo que decir que una “concentración de decisiones” resulta necesaria. Es el arranque de la transición democrática. “Hay que definir, no un programa de gobierno, sino una exigente y prolija transición democrática”. En el artículo anterior decíamos “que un esfuerzo de reinstitucionalización general debe ser abordado como urgencia y plan altamente estructurado de los dos primeros trimestres de ejercicio”. Resulta lo mismo que decir que una “concentración de decisiones” resulta necesaria. Es el arranque de la transición democrática.

Una mezcla de vías es completamente posible y recomendable. No caben dogmatismos ni subterfugios algunos al respecto. Nuestro “Proyecto Bicentenario” hace acopio de esas vías, sin fijaciones ni límites. Nos interesa la mayor amplitud estratégica para la inmensa y compleja tarea de reconstitución social e institucional de la República.

La situación política actual en la política democrática venezolana –una evidente partición de aguas en posiciones y propuestas- permite agregar un poco de sazón al tema que nos interesa. Uno de los precandidatos, Diego Arria, soltó en el primer debate televisado, el 14 de noviembre, entre otras -también polémicas- la propuesta de una Asamblea Constituyente, apenas se asuma el poder. Y refiere algunos temas para reformas o en la constituyente misma. En el segundo debate, Pablo Medina también lanzó una propuesta constituyente. Ambos proponen soluciones esenciales al conflicto nacional y sus secuelas.

Esos temas atrajeron la atención del electorado y los medios, pero también una reacción de los sectores tradicionales de la política democrática y de la cúpula de la Mesa. Después del segundo debate se sabe de buenas fuentes que la Mesa propondrá un texto de acuerdo unitario a ser suscrito el 23 de enero próximo por los precandidatos en el cual se excluye la Constituyente como modo de reinstitucionalización del país. No se sabe si se hará lo mismo con el tema de la transición democrática, en lo relativo a los temas de la gobernabilidad de los primeros años del eventual nuevo ciclo democrático. De hecho, ni siquiera es mencionado en el documento ya suscrito el 26 de septiembre pasado, por representantes diversos de la política democrática. Las apuestas sobre el 23 de enero van del impasse seguro al arreglo en baja voz.

Quien quiera que sea que encarne la política democrática de cara a las elecciones presidenciales de octubre próximo deberá enfrentar el reto de formular los escenarios de la entrega/recepción del poder y de la forzosa transición democrática. Cuáles sean los escenarios reales en ese Rubicón marcarán “la mitad” de las posibilidades concretas de acción. Un vacío de poder o una intención de cooptación del régimen en “artículo mortis” son situaciones extremas y antinómicas. La otra “mitad” de las posibilidades dependerá de la capacidad de los operadores políticos en el proceso.

La propia historia democrática nacional nos muestra, en un pasaje sobre el cual se tiende una especie de manto de ocultamiento, cómo el lapso de la noche del 22 de enero de 1958 a la mañana del 24, no fue una clara apuesta por el regreso a la vida republicana, sino un intento de depuración y reafirmación de la clase militar, abortado por la confluencia activa de sectores políticos y sociales y la inteligente gestión política de algunos operadores en el Palacio Blanco. Lo que voy a afirmar, nadie lo dice: el preciso desenlace fue impulsado por las Fuerzas Armadas, con pretensión de cooptar el nuevo proceso, expresada claramente en la composición de la Junta Militar de Gobierno instalada y el artículo tres de su Acta Constitutiva.

Con independencia de las subjetividades acomodaticias de la clase política venezolana, nadie duda que los retratos de la precisa situación actual y de los próximos meses, exigen una “concentración de decisiones” y una vigilante gestión, para el presente, el interín, el día “cero” y subsiguientes. La panoplia de medios debe ser previamente desplegada en un menú de opciones para cada escenario. No es cuestión de creer o no en ellos. Es lo que nos permite aprender la historia real. Para ello, la dirigencia no puede ser cualquiera. No es tema de carismas, sino de equipos. Nadie puede sentirse ausente. La sociedad debe estar movilizada o presta a ello.

El pase de una eventual victoria en 2012 a una posibilidad democrática de largo plazo va a depender de la inteligencia, la capacidad y la apropiada lectura del específico momento de la transición democrática. No es manía temática plantearla. Es la realidad que enfrentaremos. La realidad es lo que es y no lo que algunos quieren que sea.

*Santiago José Guevara García

(Valencia, Venezuela)

sjguevaragarcia@gmail.com / @SJGuevaraG1

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