Los reyes del Gran Buenos Aires

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En la quinta entrega de su informe sobre el fenómeno de las maras en Latinoamérica, nuestro colaborador Omar Arias Mele, nos relata el impacto que este fenómeno, fundamentalmeente centroamericano, ha tenido en Argentina. Su lenta, pero inexorable penetración en países territorialmente alejados de sus lugares de origen son quizá una de las muestras más evidentes de que la semilla de la violencia juvenil puede prender en cualquier lugar en el que se den las condiciones de marginalidad y pobreza como condicionantes vitales de este colectivo. En la quinta entrega de su informe sobre el fenómeno de las maras en Latinoamérica, nuestro colaborador Omar Arias Mele, nos relata el impacto que este fenómeno, fundamentalmeente centroamericano, ha tenido en Argentina. Su lenta, pero inexorable penetración en países territorialmente alejados de sus lugares de origen son quizá una de las muestras más evidentes de que la semilla de la violencia juvenil puede prender en cualquier lugar en el que se den las condiciones de marginalidad y pobreza como condicionantes vitales de este colectivo.

Son las once de la mañana y «El Pelao» ya tiene unas cuantas birras (cervezas) encima. Los ojos rojos y algún comentario delatan que también consumió marihuana. Este «pibe chorro» del Gran Buenos Aires dice estar retirado de una de las bandas juveniles que operan en el barrio de Villa Fiorito, aunque advierte que «todavía no salí de la mala». Allí, se enfrentaron a tiros durante años dos bandas rivales, la de Los Chilenitos y la de Los Carlo, dos pequeñas agrupaciones que tienen una raíz familiar y que nunca sobrepasaron los quince miembros activos con algunos chicos más pequeños que los acompañan.

«Acá nos ca… a tiros cada dos por tres. Ahora está todo más tranquilo, pero mientra teníamo laburo le dábamo apenas los veíamo (sic)», dice «El Pelao» con nostalgia. Es que en Villa Fiorito hay dos etapas muy claras: el antes y el después de cuando arrasaron los desarmaderos de autos en el GBA, hacia fines del 2003. Hasta ese momento, entre las dos bandas robaban y desmantelaban en las calles del barrio de 8 a 10 autos por día.

Después, los «pibes» comenzaron a incursionar en otros negocios, desde la venta de droga hasta pequeños robos de casas y algún Secuestro Express. Claro que estos chicos no manejan la distribución importante de drogas. «Cada tanto se pueden ver en el barrio unos autos importantes con gente grande y muy pesada, que es la que maneja todo el negocio de la droga. Vienen, se instalan y comienzan a llegar autos de todo tipo que pasan, compran y se van», cuenta un vecino muy bien informado.

«La gran diferencia entre estos ‘pibes chorros’ y los ‘mareros’ es que los centroamericanos vienen de un medio ambiente militarizado por las guerras civiles y la incursión de las guerrillas, y por el elemento de la migración: los mareros se refugian en Estados Unidos y vuelven deportados a sus países», explica el sociólogo de la UBA Juan Pegoraro.

Tanto Los Chilenitos como Los Carlo tuvieron su inicio en una estructura familiar. Los primeros integrantes eran hermanos y primos que se juntaban con algunos vecinos, unos cerca del asentamiento de La Isla, otros en el barrio Primero de Octubre, a apenas diez cuadras. Se trata de familias en las que el padre, que había trabajado desde joven, se quedó sin empleo a fines de los ochenta. Ninguno de los hijos jamás trabajó.

Todos los «pibes» tienen entre 14 y 18 años. Son parte de los diez millones de chicos argentinos que viven bajo todos los niveles de pobreza y quedaron marginados tras los ajustes de los años noventa.

La mayoría de estos pibes tiene una muy corta vida. «Los más grandes ya están finados», explica «El Pelao». Y dice que la mitad de los pibes que iniciaron las bandas están muertos y varios otros están presos. «Ahora quedan unos giles», agrega.

Pero ésto no quiere decir que hayan desaparecido las bandas de «pibes chorros» en Villa Fiorito. Hay muchas más que aún no tienen una identidad tan marcada como las primeras, pero que operan de un modo similar a las más antiguas. Y todas siguen consiguiendo muy buen armamento gracias a sus conexiones con ex policías. El arsenal suele estar compuesto de pistolas calibre 40 y 380, fusiles FAL e Itakas.

Los «pibes chorros» tienen códigos de lealtad e identidad fuertes sin llegar a la organización de una célula del estilo de las maras o pandillas centroamericanas. «Si llegamos a descubrir un buchón, lo pasamo por la piedra (lo matan)», cuenta «El Pelao».

Sólo los que pasaron una larga temporada en las cárceles tienen el cuerpo marcado con un «tatuaje tumbero» (carcelario, hecho con agujas y no con máquinas). Los otros chicos se identifican por sus vestimentas, de las que prefieren los pantalones de gimnasia con las tres tiras al costado y las zapatillas «nike» de 300 pesos. La música es exclusivamente la denominada «cumbia villera».

Aunque también escuchan algo de rock barrial del estilo del grupo «Los Gardelitos» y los ahora famosos “Intoxicados”. La mezcla de rap y reggae que en Centroamérica se conoce como «reggaetón» y que es la preferida de los «mareros», aún no encontró una vertiente clara entre los argentinos.

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