El hombre transición

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He escrito sobre transiciones desde hace unos ocho años. Mi columna local, en mi ciudad natal, se llama, desde hace un año y medio, precisamente “Transición a la Democracia”. Mi libro incluye un capítulo sobre transición democrática. Mis columnas y declaraciones reflejan el interés en un asunto, el cual, hasta hace diez meses, no existía en la opinión pública nacional, tal como planteé al IFEDEC, a comienzos de este año. Con sostenidos y bemoles, la situación cambió ampliamente. He escrito sobre transiciones desde hace unos ocho años. Mi columna local, en mi ciudad natal, se llama, desde hace un año y medio, precisamente “Transición a la Democracia”. Mi libro incluye un capítulo sobre transición democrática. Mis columnas y declaraciones reflejan el interés en un asunto, el cual, hasta hace diez meses, no existía en la opinión pública nacional, tal como planteé al IFEDEC, a comienzos de este año. Con sostenidos y bemoles, la situación cambió ampliamente.

En reciente encuentro casual con Freddy Delgado Daló, reconocido líder socialcristiano, directivo nacional del Instituto, en su saludo afectuoso, me dijo algo como “hombre de la transición”. Las razones, alguna vez las he referido. Eso no quiere decir que hoy escriba sobre mí mismo. Pues, no. Es acerca de la campaña democrática y uno de sus precandidatos.

Cuando en el reciente debate, referido en nuestra columna, Diego Arria, en impactante -por netamente diferenciada- participación, lanzó la propuesta de una transición democrática de unos 2-3 años, logró algo que los demás y la cúpula unitaria aún no han advertido, pero que contiene gran valor para la política democrática: que el tema, de claro valor político, tomara un aire nuevo, promisorio, que puede impregnar la campaña toda.

Es verdad que Arria, por su parte, logró que inmediatamente se le asociara al tema. Es la ganancia del inteligente aprovechamiento de las oportunidades. Pero, por encima de lo cual, la campaña obtiene un atractivo imán, que obliga a su discusión y conocimiento, aunque, como contrapartida, sitúa la carga de la responsabilidad, pero también una buena dosis de beneficios, en el candidato proponente.

El tema de la transición había tomado en Venezuela, por evidente ignorancia, un giro determinista, que se concretó, por influencia de las columnas de opinión capitalinas, en la convicción de que la referencia del concepto, significaba, automáticamente, su presencia en la política real. Nada más alejado de la realidad. En Venezuela no se puede afirmar, con responsabilidad, la presencia de una transición a la democracia. Hay diversos escenarios de transición, los cuales, como tales, sólo hipótesis, cuya concreción requiere la presencia decisiva de las condiciones que las permitan. O la muerte de las posibilidades.

Lo anterior remite a uno –o ambos- de dos asuntos: el modelo de gestión política que permita una transición y/o el liderazgo que la encarna y posibilita, porque la asume, proclama, gestiona e impulsa. El primero es de interés general de la política. El segundo, de los precandidatos. La dirección política debería incluir el tema en su manejo político y de contenidos sustantivos. Los precandidatos también, aunque estarán afectados por la asociación del tema a uno de ellos.

Los contenidos deberán ser amplios –más bien, integrales- aunque con celo en la focalización. Lo político, lo institucional y lo cultural serán decisivos. Lo económico, también. Al menos, la inteligencia en el manejo presupuestario; el recurso a formas ortodoxas de política, como los programas especiales; formas creativas de captación de capitales de riesgo nacionales y externos; el tipo de ajuste a usar; el celo en los precisos impactos positivos del gasto público y otros, que serán de necesaria anticipación. No hay espacio ni tiempo para la improvisación o el riesgo decisorio. O se gana la transición, o pierde la democracia.

Hay mucho más. El tema permite mucho a la elaboración. Nuestro libro contiene un muy elemental capítulo sobre el tema. Pero, el mundo está repleto de referencias. Para la transición a la democracia, destaca una: Birmania –Myanmar, según los militares dominantes- por el modo con el cual la Premio Nobel de la Paz, Aung San Suu Kyi, la ha conducido: un reto fuerte a los militares, una proclama clara, renuncia al colaboracionismo, valor como interlocutora, claridad de miras y poder de convocatoria.

En Birmania, está establecida la asociación entre Aung San Suu Kyi y la transición a la democracia que acontece. En Venezuela, Diego Arria parece ser “el hombre transición”. Es un capital de la política democrática.

*Santiago José Guevara García

(Valencia, Venezuela)

sjguevaragarcia@gmail.com / @SJGuevaraG1

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