Brasil y China: el pulso constante

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El último episodio en la agridulce relación entre Brasil y China se ha dado esta misma semana, cuando Dilma Rousseff ha anunciado que gravará el acero chino con un arancel para proteger la economía brasileña. Socios que se necesitan mutuamente, rivales y al tiempo aliados, ambas potencias emergentes viven inmersas en un tira y afloja constante. Por un lado, China compra materias primas e inunda la economía del gigante sudamericano con sus productos; por otro, la presidenta brasileña intenta desde hace meses que el mercado chino se abra a los manufacturados brasileños. El pulso continúa. El último episodio en la agridulce relación entre Brasil y China se ha dado esta misma semana, cuando Dilma Rousseff ha anunciado que gravará el acero chino con un arancel para proteger la economía brasileña .Socios que se necesitan mutuamente, rivales y al tiempo aliados, ambas potencias emergentes viven inmersas en un tira y afloja constante. Por un lado, China compra materias primas e inunda la economía del gigante sudamericano con sus productos; por otro, la presidenta brasileña intenta desde hace meses que el mercado chino se abra a los manufacturados brasileños. El pulso continúa.

La presidenta brasileña, Rouseff, tiene una idea clara en mente. Las relaciones comerciales con el país asiático gobernado por Hu Jintao han elevado a los dos países a los primeros puestos de la carrera económica mundial. Sin embargo, la mandataria quiere más. Su objetivo a corto plazo es conseguir que China se abra más a los productos industriales brasileños, y lleva trabajando en ello desde hace meses.

Las declaraciones públicas de la mandataria han estado tradicionalmente orientadas, por un lado, a lanzar loas a la economía china y a los beneficios que para ambos países tiene la relación que mantienen y, por otro, a solicitar una mejora en esas relaciones y lograr reciprocidad en el acceso de los productos brasileños en el mercado asiático. China inunda el mercado interior brasileño de productos baratos que han causado una honda preocupación en la clase empresarial y obrera del país.

Ahora, Dilma ha anunciado que aplicará aranceles a la importación de determinados productos de acero chino para proteger a la industria brasileña de la competencia china y responder así a las reclamaciones de sus electores. Tal y como han informado las autoridades del país, durante los próximos cinco años se gravará con un arancel antidumping de 743 dólares por tonelada de tubos de acero que provengan de la potencia china. «Nunca permitiremos que los bienes extranjeros usen una competencia injusta contra nuestros productos», ha declarado significativamente Dilma, en una intervención pública televisada.

«En la actual crisis internacional nuestra principal arma es ampliar y defender nuestro mercado interno, que ya es uno de los más vigorosos del mundo, por eso quiero dejar claro que mi gobierno no va a permitir ataques a nuestras industrias y a nuestros empleos», ha indicado una decidida presidenta, que considera que esos productos chinos compiten en desiguales condiciones con los brasileños, ya que su precio de mercado es inferior al coste doméstico o al coste de producción.

La industria china ha penetrado en el mercado de exportación brasileño, favorecida por políticas cambiarias contrapuestas en los dos países, lo que golpea con especial intensidad a los sectores que en Brasil solo cuentan con capital nacional. De ahí que la presidenta brasileña, que estudia modos de lograr que el buen momento de la economía brasileña mejore las condiciones de vida de sus ciudadanos, incida en la cuestión de los productos industriales brasileños y en la necesidad de que se facilite su acceso a un mercado como el chino.

Por otro lado, no todo son inconvenientes en las relaciones bilaterales entre ambas potencias. Según se acaba de hacer público, el gigante chino está dispuesto a invertir más en la industria brasileña, ante el estancamiento de los mercados europeos y norteamericanos por efecto de la crisis financiera global. Una inversión que sustenta el crecimiento brasileño y que al mismo tiempo puede hacer que dependa exclusivamente de China.

Los números dan una idea de la relación estrecha y tormentosa entre ambas naciones. China se ha convertido en el mayor socio comercial de Brasil desde 2009, mientras que es también el principal receptor de exportaciones brasileñas y la segunda mayor fuente de importaciones para Brasil. Según estadísticas de las aduanas de China, Brasil fue el noveno socio comercial del gigante asiático en 2010, cuando los volúmenes de intercambio bilaterales ascendieron a 62.550 millones de dólares, con un aumento del 47,5% con respecto al año anterior.

Los volúmenes comerciales con Brasil abarcan el 34,18% del valor comercial de China con todos los países sudamericanos, lo que revela el volumen de intereses que el Imperio de Centro tiene dispersos en todo el subcontinente. La ambición china por proveerse de materias primas (minerales, petróleo…) que alimenten su creciente economía, es el principal motor de esa presencia cada vez mayor.

El último movimiento de Dilma es un paso hacia un endurecimiento de las relaciones y supone un límite a las autoridades chinas, que quedan avisadas de que la presidenta está dispuesta a romper la dinámica de dependencia que une a Brasil con el gigante asiático. Además, así lanza un guiño a su electorado, tradicionalmente obrero, y obliga a su aliado chino a negociar. El tira y afloja se mantiene.

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