Un manifiesto

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La gesta libertaria que logró el derrocamiento del dictador militar Marcos Pérez Jiménez en enero de 1958 tuvo un componente muy activo en la Junta Patriótica, constituida en junio de 1957 por los partidos que hacía oposición interna, con inclusión del Partido Comunista.

La gesta libertaria que logró el derrocamiento del dictador militar Marcos Pérez Jiménez en enero de 1958 tuvo un componente muy activo en la Junta Patriótica, constituida en junio de 1957 por los partidos que hacía oposición interna, con inclusión del Partido Comunista. Su único integrante vivo es nativo de mi ciudad, Puerto Cabello. Fue un gran honor estar a su lado hace menos de una semana, cerca de la celebración del 55° aniversario del emprendimiento.

Sucedió que el domingo pasado, un grupo amplio de carabobeños (Estado Carabobo, centro del país, dónde se ubica Puerto Cabello, el principal puerto del país) nos reunimos con Don Enrique Aristiguieta Gramcko, ese único sobreviviente de la Junta de 1957-58, “matriz de activa oposición al régimen” de Pérez Jiménez. Flanquearlo en la reunión fue un orgullo de porteño que mencioné en la oportunidad de mi intervención. Nuestro paisano es, sin duda, un porteño en la historia democrática de Venezuela.

Esa historia tiene varios momentos relevantes. El quizá más emblemático es el 23 de enero de 1.958. Fue la caída de una dictadura militar represiva, fraudulenta y corrupta, la puerta al remarcable Pacto de Puntofijo y el inicio de un ciclo largo de democracia, lamentablemente descuidado muy pronto por sus propios impulsores.

Ese clamoroso triunfo democrático –como el que ahora anhelamos frente al catastrófico castro-chavismo- fue –hay que resaltarlo, para emularlo- el resultado de un conjunto muy complejo de circunstancias y factores.

Una ola democratizadora en América Latina, la neta diferenciación de la socialdemocracia respecto al comunismo sovietizante, la maduración política de las generaciones del ’28 y el ‘36, una fuerza estudiantil afectada por los cierres de universidades, gremios combativos y militantes, una Iglesia Católica comprometida (la Pastoral Arias, el 1° de mayo de 1957 fue el primer aldabonazo contra la dictadura), una Fuerza Armada hastiada de la corrupción y el desprestigio de los esbirros policiales bajo el mando del dictador, un trabajo de hormiga de Rómulo Betancourt y el Comité de Coordinación de AD en el exilio, el logro de acuerdos partidistas y suprapartidistas a finales del ’57 y el acuerdo clandestino de los partidos que hacían vida interna, lograron la confluencia de condiciones objetivas para el derrocamiento del hegemón militar de entonces.

Un dictador progresista y nacionalista, por cierto. No como el hegemón actual y sus legatarios, responsables de la destrucción actual de la patria y de la grosera entrega de soberanía e independencia a la abyecta dictadura castrista cubana, junto con la inserción en una geopolítica vergonzante. Problema que por vez primera sucede en la historia republicana. Ningún dictador ni ningún demócrata ha entregado la patria a un régimen extranjero, ni ha servido a intereses antioccidentales.

De esa entrega de soberanía y de esa geopolítica se ocupa el “Manifiesto a la Sociedad Democrática Venezolana y a su Fuerza Armada Nacional”, del 10 de este mes, ya suscrito por unos 5000 venezolanos, encabezado por el valiente paisano, el cual denuncia que el gobierno nacional ha incurrido en reiteradas violaciones constitucionales y propiciado una indignante subordinación al régimen castro-comunista cubano; respecto a lo cual,  convoca a la sociedad democrática y a su Fuerza Armada a restituir la Constitución y liberarse de la tutela cubana.

El Manifiesto incluye diez planteamientos soberanistas a los connacionales y concluye diciendo: “Durante los próximos días se definirá si Venezuela dejará de existir como nación, para convertirse definitivamente en una colonia de Cuba; o si recuperaremos nuestra identidad y nuestro destino histórico. Estamos convencidos de que nuestras Fuerzas Armadas, respaldadas por todos los sectores de la sociedad civil, daremos un paso al frente, e impediremos la disolución de la patria”.

El último de sus planteamientos se expresa en términos de “Pese a que nuestro planteamiento es razonable, democrático y constitucional, voceros del gobierno y algunos sectores de la oposición lo calificarán de “golpista”. Pero ocurre justamente lo contrario; golpistas son quienes han venido violando la Constitución de manera sistemática. Restablecer su vigencia es un mandato explícito, contemplado en el Artículo 333 de la Carta Magna”.

Como texto me recuerda el conjunto amplio de manifiestos, en todo tipo de papel, tamaño y clase que comenzó a circular en enero del ’58. “En ellos, los gremios, asociaciones, particulares, anónimos, etc.- manifestaban su repudio al régimen y la necesidad de establecer las garantías constitucionales”, como hace constar J. Rivas Rivas, en una sencilla recopilación, fechada el 6 de febrero de 1958.

Todos ellos, los de antes y los de ahora son manifestaciones de valentía de un pueblo que se quiere libre, soberano, demócrata y regido por instituciones firmes. Honor a todos. Honor a Don Enrique, un porteño en la historia democrática nacional.

 

*sjguevaragarcia@gmail.com / @SJGuevaraG1

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