Un año no es nada

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Pasó un año, algunos creen que fue un siglo, la nueva administración demócrata calentó motores y propuso fuertes cambios , pero aún la nebulosa pasea por el gigante americano, la tan mentada revolución sigue pendiente. Pasó un año, algunos creen que fue un siglo, la nueva administración demócrata calentó motores y propuso fuertes cambios , pero aún la nebulosa pasea por el gigante americano, la tan mentada revolución sigue pendiente.

En cada acto masivo en el que participa Barack Obama acaba con el célebre Yes, we can!, eslogan de la campaña que lo llevó a la Casa Blanca. Esta semana se ha escuchado mucho. Un año después de su victoria electoral, el Yes, we can! suena hoy más acartonado y ha perdido ímpetu.

La revolución nacida el 4 de noviembre de 2008 conserva todo su potencial de transformación, pero no trasmite la frescura adolescente de ese momento en el que cientos de miles de personas se echaron espontáneamente a la calle para celebrar el acontecimiento potencialmente más trascendente de lo que va de siglo, un soplo de aire fresco, que le dicen.

Se palpaba una conjunción de hastío por el periodo de George Bush y de ansiedad universal por el nacimiento de líderes referenciales, posicionaron a Obama en una categoría cuasi sobrenatural.

Su mensaje progresista , su voluntad de tender puentes al entendimiento en el globo contribuyeron a fortalecer ese clima. El mundo, en su mayoría, mantiene altas las expectativas, como prueba la reciente concesión del Premio Nobel de la Paz.

Sin embargo en Estados Unidos, las sombras han contribuido a sembrar dudas, inquietudes, tanto en la derecha como en la izquierda, y la fe en Obama se ve condicionada a la conformación inequívoca de su obra.

Nada fuera de un contexto normal ha ocurrido en este periodo que permita todavía cuestionar la capacidad de Obama para hacer historia. Su administración no ha cometido errores relevantes. Paulatinamente ha salido de la crisis económica, y ha puesto en marcha ambiciosas iniciativas, tanto en el ámbito casero como internacional.

Los bancos han resucitado, la industria del automóvil vuelve a tener beneficios, la Bolsa está en tendencia predominante al alza, los abusos legales en aras de la guerra contra el terrorismo han acabado y Estados Unidos ha recuperado gran parte de su prestigio internacional.

En lo que Obama no ha tenido éxito hasta ahora es en la definición precisa de su propia presidencia. Superada la etapa del contrapunto de Bush, falta saber qué aportará Obama a la historia de esta nación. Los conformistas europeos pueden entender que ya ha hecho suficiente, que un primer presidente negro representa en sí mismo un cambio. Pero conformarse es un verbo que no se conjuga en Estados Unidos, donde a Obama se le exige aún mucho más.

Obama ha perdido algo más de diez puntos desde que asumió el cargo, su respaldo oscila hoy entre el 50% y el 55%, positivo. Ese descenso es más acentuado entre los votantes independientes, que suelen ser, lógicamente, los menos ideológicos y los más exigentes a la hora de reclamar acciones, no palabras, los resultados de las recientes elecciones para gobernador en los estados de Virginia y Nueva Jersey, lo demuestran claramente, acabando con ocho y doce años de gobiernos demócratas, en Virginia, por ejemplo Obama había triunfado en las presidenciales, y en Nueva Jersey, y a pesar del activo apoyo del presidente, los republicanos retomaron el poder.

El talón de Aquiles de Obama hoy por hoy es sin duda la falta de resultados tangibles para los ciudadanos norteamericanos. Los cambios se demoran (sanidad, energía), las promesas se matizan (inmigración, derechos homosexuales) y los plazos se extienden (Irán, Afganistán). Incluso en aquel terreno en el que el progreso es evidente, como el de la economía, se ve opacado por la lentitud en la creación de puestos de trabajo.

En los pasillos de la Casa Blanca se rumorea que Obama está descubriendo la dureza de gobernar, de hacer realidad los programas electorales, como muestra basta un botón las dificultades para el cierre de Guantánamo son la mejor prueba. Sin más tintas Obama es un hombre templado de carácter y complejo intelectualmente quien sabe escuchar opiniones diferentes antes de llegar a la conclusión final. Sus rivales interpretan eso como vacilación y lo acusan, tal el caso de la guerra de Afganistán, de falta de decisión.

Como corolario Obama está todavía pendiente de definir su gestión.

Varios asuntos internacionales están pendientes, en proceso de maduración: la crisis nuclear con Irán, la firma de un acuerdo de desarme con Rusia y la creación de un marco de cooperación con China, el gigante despierto, que puede disputarle el liderazgo, sin embargo lo más caliente es decidir el destino de la guerra de Afganistán, una decisión que, como ninguna otra, ayudará a catalogar esta Administración, sin olvidar Irak, Corea del Norte

Nos situamos en los albores de lo que amerita ser una revolución, condimentada con que una parte de lo que Obama ha propuesto se cumpliese, nos enfrentaríamos a una figura para la posteridad. Sin descartar en los albores de una monumental decepción, para ser más concretos el cielo ó el infierno.

Los norteamericanos no han resuelto aún esa duda, y nadie determina fehacientemente si Obama será Roosevelt, arquitecto de un nuevo país, o Carter, el honesto intelectual devenido en administración tristemente devaluada . Si será Johnson, con toda una obra espectacular, lamentablemente mancillada por el fracaso Vietnam, o Reagan, el motor de una nueva era conservadora, para muchos el más admirado y reconocido de los últimos años.

Son los republicanos los que mejor han medido el número de sus zapatos. Con las burdas comparaciones con Mao, Hitler o Stalin, los halcones ha conseguido movilizar a sus bases contra el presidente y sembrar algunas sospechas entre ciudadanos independientes sencillos y con poca información.-

La izquierda, sin embargo, se muestra indecisa en su juicio sobre un presidente que se resiste a asumir el clásico corte progre. Sus compañeros de partido en el Congreso se le alejan o acercan en función del beneficio que puedan obtener de ello en su propio nicho electoral. Los sindicatos, fuerza demócrata por excelencia, no acaban de ganar el espacio que se prometían. Y la izquierda social, intelectualoide, pasa del amor al odio varias veces por semana.

Al momento no es grave para Obama, ya que todavía tiene hilo en el carrete , sin embargo si lo sería , si dentro de 24 meses, cercano a mitad de su mandato, su presidencia siguiera siendo una promesa, realidad inaceptable para la ciudadanía americana ni que decir para el establishment, y el ala dura y conservadora. Consejo, atento y los ojos bien abiertos.

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