Tesis avanzadas sobre transiciones (Xº)

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Hay un reto estratégico múltiple en el conocimiento y análisis de los modos o tipos como podría suscitarse la transición en cada caso. ¿Es inexorable una transición a la democracia en Venezuela? ¿Se cuenta hoy con un programa político para el tipo específico de situación enfrentada y los fines de Hay un reto estratégico múltiple en el conocimiento y análisis de los modos o tipos como podría suscitarse la transición en cada caso. ¿Es inexorable una transición a la democracia en Venezuela? ¿Se cuenta hoy con un programa político para el tipo específico de situación enfrentada y los fines de democratización avanzada? ¿Es suficiente una aproximación electoralista frente a un totalitarismo hegemónico y una larga tradición estatista? ¿Cuál es el modo político necesario? ¿Cómo abordar el exigente asunto del diseño y manejo de una estrategia para la situación venezolana?

Es que llegó el momento de referirse a lo estratégico. Con las limitaciones de un artículo, por supuesto. Su condicional básico tiene que ser que se quiere asumir con éxito una transición a la democracia, desde la “A” hasta la “Z”. Porque claro que hay procesos virtuosos y procesos inconvenientes. También podría ser, como es el caso del candidato opositor venezolano, que no se propugne una transición. Puede ser que se entiende que lo que toca es un simple cambio de gobierno. Y que, tal como común, “como vamos viendo, vamos yendo”.

Ir de la “A” a la “Z” en un proceso transicional no quiere decir que nada existe, ni nada se ha hecho. Pero, lo existente debe evaluarse. Debe haber un modelo mínimo y hay criterios de optimización que ayudan mucho a dimensionar y valorar la política y cada elemento necesario. Por ejemplo: si la idea de la conveniencia (o, más bien, inevitabilidad) de los consensos durables tiene arraigo en el país. Si está presente. Todo comienza por ahí. Por la unidad nacional. O de sus élites democráticas. No sólo de sus partidos. Lo hemos escrito antes. Así lo dijo Rustow. Una buena unidad es absolutamente necesaria.

Sistemas partidistas como el venezolano, el argentino o el mexicano, para no abundar, parecen particularmente limitados. Son hegemónicos. No hay competitividad “virtuosa”. Son desfavorables a consensos sobre pactos sociales básicos durables. Puede suceder también que los que han sido capaces de pactos sociales satisfactorios, involucionan. El español, desde La Moncloa hasta ahora, o el venezolano, de 1958 a 1998, por ejemplo. Es necio, pero vale insistir en procesos fundacionales como el americano. O como el asociado a Rómulo Betancourt, la Acción Democrática bajo su influencia y el proceso virtuoso del ’56 al ’58, o un poco más, en la lucha contra la penúltima dictadura y la corta construcción democrática siguiente. Aún no se han dimensionado apropiadamente esas experiencias. En términos dinámicos; de largo plazo, quiero decir. Claro que con el forzoso reconocimiento de las peculiaridades de cada modo y caso. Sin embargo, algo sigue ahí: una buena unidad es absolutamente necesaria. Y sepan que las hay buenas y mejores.

El siguiente paso es el diagnóstico del reto político planteado. Que no se olvide que el contexto es de una lucha contra el totalitarismo. Es un dato que obvia, por “razones” a discutir, la oposición institucional venezolana. En contra de su antecedente de los ’50 del siglo pasado. El reto lo hemos sintetizado antes. Es lo que hemos llamado, para el caso venezolano, “el “camino crítico” de la política democrática nacional, de cara al eventual inicio de un largo ciclo de democracia, progreso y estabilidad, dentro del careo con un régimen totalitario y forajido (…) Los grandes temas de la agenda política de los demócratas son: 1) Contener día a día el avance totalitarista, 2) proclamar firmemente la transición a la democracia, 3) ganar social y política y no sólo electoralmente, 4) asegurar una transición democrática y 5) consolidar un proceso largo de avances políticos y económicos”. Traídos todos al presente, representan el cartabón de un diseño integral. Exigente y heterodoxo, pero exhaustivo.

Claro que, como nos lo exigimos arriba, esa estrategia general debe vigilar el modo como se concreta la transición. Por ahora, en Venezuela, hay que cuidarse de cualquier forma de cooptación; incluso las más sorpresivas e inimaginables. Hasta ahora, como dicho, no hay propiciación alguna posible. Hay que advertir sobre negociaciones a favor de cualquier forma de continuismo. El vaciamiento político ha sido bajo. Por ello, habrá que salvaguardar el valor democratizador de una eventual victoria electoral. Son análisis generalmente obviados. Para nuestra fortuna de analistas, el momento actual está lleno de casos de evidencia y debate sobre las fallas de los procesos de transición conocidos, que no fueron advertidas en su momento.

En Venezuela, de darse un triunfo electoral opositor, nos encontraremos con la doble circunstancia de la renuencia explícita del Presidente a un proceso transicional y el margen de actuación que le permiten la burbuja rentista del país y el esquema de relaciones clientelares en las cuales se mueve el país desde hace décadas. No tiene mayor utilidad aquí insistir sobre los inconvenientes y costos de esa posibilidad.

Sostenemos que ni el esquema unitario, ni el programa político de la Unidad Venezuela son suficientes hasta ahora. Pero, que pueden mejorarse. El tema de la eventualidad de un fraude electoral es de necesaria revisión. Una mínima explicitación del modo de organización de un eventual gobierno, también. La formalización del programa de mediano plazo y una apertura al tema de la transformación democrática y el proyecto económico de largo plazo son deseables.

El modo de la larga transición a una consolidación democrática no es inexorable. No tiene por qué ser calcado. Es un proceso dialéctico, susceptible de influencia estratégica. Depende de nosotros. El despliegue del modelo necesario es aún necesario y posible.

Santiago José Guevara García

(Valencia, Venezuela)

sjguevaragarcia@gmail.com / @SJguevaraG1

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