Tesis avanzadas sobre transiciones (IX°)

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La transición y la consolidación democráticas son exitosas, si y sólo si, contienen dispositivos de corrección permanentes. ¿Cuál es, en caso de triunfo, la prospectiva de la democracia venezolana? ¿Dispondrá de los mecanismos y procesos internos para superar su propia historia de los últimos cincuenta años? ¿Se está consciente de la influencia del rentismo, el estatismo, la discrecionalidad estatal, las redes clientelares, el desmantelamiento de las bases firmes de su institucionalidad, etc., sobre el desempeño del sistema político? ¿Sabe el país el alcance del reto que tiene por delante? La transición y la consolidación democráticas son exitosas, si y sólo si, contienen dispositivos de corrección permanentes. ¿Cuál es, en caso de triunfo, la prospectiva de la democracia venezolana? ¿Dispondrá de los mecanismos y procesos internos para superar su propia historia de los últimos cincuenta años? ¿Se está consciente de la influencia del rentismo, el estatismo, la discrecionalidad estatal, las redes clientelares, el desmantelamiento de las bases firmes de su institucionalidad, etc., sobre el desempeño del sistema político? ¿Sabe el país el alcance del reto que tiene por delante?

Ya cerca del final de la serie es aconsejable un regreso a la ortodoxia. Cuando Dankwart Rustow escribió en 1.970 la obra seminal en el estudio de las transiciones a la democracia, “Transitions to Democracy: Toward a Dynamic Model”, estableció con claridad una ruta general a la democratización avanzada, de cuatro fases. La última, que llamó de habituación, se corresponde con lo que se ha establecido con el término “consolidación democrática”; no otra cosa que el acostumbramiento progresivo a las reglas de la democracia. Tal logro no llega por generación espontánea; excepto en circunstancias extraordinarias.

No es sólo la tajante afirmación anterior, sino que no existe un satisfactorio acuerdo ni sobre los factores que lo explican o permiten, ni sobre los atributos o rasgos que lo evidencian. Factores diversos se mencionan respecto a ambos asuntos. Vale destacar, en sentido contrario, la existencia de diversas instituciones, en la línea de una mínima estandarización sobre lo que define una democracia consolidada, con sus beneficios asociados.

Valdría la pena precisar acá, en abundancia a lo planteado en el artículo II° de esta serie, sobre procesos que no son una transición, que la real comprensión de la importancia del concepto se adquiere en la medida que se considera el proceso integral, sobre todo en lo relativo a la fase mencionada arriba: paso a paso, las reglas de la democracia llegan a convertirse en un hábito. Una transición debe realizarse en función de consolidación democrática.

Hoy, en ese proceso de construcción propiamente democrática se diferencia entre la transición y la más extensa consolidación democrática. Lo importante es el reconocimiento de la segunda. Insistimos: una transición democrática está obligada a garantizar su apropiada consolidación a largo plazo. Lo demás, tal como visto con profusión en estos tiempos, son atascos y retardos, riesgosos para la estabilidad, el progreso, la justicia y la paz. O, en casos extremos, como el nuestro venezolano, el nicaragüense, y otros, una regresión a formas totalitarias, cargadas de conflictos políticos y de otro orden y potenciales problemas geopolíticos.

Interesa, entonces, señalar un modo de logro del objetivo. Un nuevo modo. En nuestra propuesta, un dispositivo institucional profesional para la observación, evaluación y control del proceso específico, que permite lograr lo que en el artículo pasado llamábamos el “modelo ideal de democracia”. El permitido por la “frontera de posibilidades” del país, claro que condicionado por el “estado del arte” mundial sobre el tema. Ese dispositivo lo hemos llamado antes “Observatorio de la Sostenibilidad de la Democracia”.

Cada caso permitirá formas distintas. Ojalá que supraestatales. El sistema político no puede ser vigilante de sí mismo. El óptimo es que responda a una convicción y un consenso durable sobre la conveniencia, a los fines de progreso, justicia, estabilidad y paz, de un cuido permanente de la perfectibilidad de la democracia.

Venezuela tuvo, tardía y con fallas, luego banalizada, una experiencia que permite una aproximación a lo que tenemos en mente. Refiero la Comisión Presidencial para la Reforma del Estado (COPRE). Una buena ingeniería conceptual; un óptimo diseño institucional; una definición instrumental, en términos de “factores-clave de éxito” para su cometido; podrían permitir, desde el arranque de un nuevo ciclo de democracia, un dispositivo como el que anima estas consideraciones.

La prospectiva política nacional no es forzosamente buena. Hay efectos inerciales y carencias en la elaboración política. Están vivos aún los agentes y el imaginario del ciclo democrático regresivo reciente y, dígase lo que se diga, no hay ni un modelo dinámico de nuestra democracia ni agentes motivados para ello. En Venezuela podrían darse diversos escenarios. En un corto ensayo próximo a publicarse en una obra colectiva de la Fundación Venezuela Positiva hablo de tres escenarios: “Que siga la Fiesta”, “El Prospecto Menguante” y “Un Lugar en el Mundo”.

Podría seguir la fiesta que nos trajo a dónde estamos. Para muchos, sigue siendo norma de vida aquella frase televisiva de los noventa: “Como vamos viendo, vamos yendo”. Yo, que me siento en buena medida responsable del arranque de la amplísima, aunque mediocre, discusión sobre transición en el país, me atrevo a lanzar una afirmación similar como la que hacía al IFEDEC hace un año y medio sobre ese tema, pero para el que nos interesa en este artículo. De consolidación democrática, nadie habla en Venezuela. O lo hace erradamente. Muy mal vamos.

* Santiago José Guevara García

(Valencia, Venezuela)

sjguevaragarcia@gmail.com /@SJGuevaraG1

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