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La cara corriente de la Universidad venezolana es la de una “fábrica” de profesionales quejosa y bochinchera, merecedora de acoso político, sometida a sequía presupuestaria, agresiones oficiales, intrusiones violentas, etc. Cara incompleta e injusta. La cara corriente de la Universidad venezolana es la de una “fábrica” de profesionales quejosa y bochinchera, merecedora de acoso político, sometida a sequía presupuestaria, agresiones oficiales, intrusiones violentas, etc. Cara incompleta e injusta.

El reverso, menos visible, es de una institución de vanguardia cultural y social, de gran compromiso con la nación, generadora de soluciones a múltiples retos del país y de muy alto reconocimiento social.

Para poner un ejemplo demoledor de lo último, que tiene que ver con el campo de la política: mientras la apreciación social de los partidos oscila entre el 9 y el 15 %, la Universidad autónoma se beneficia de un 70 %. Es, sin duda, la institución de más alto reconocimiento social del país. Y eso, mis respetados colegas universitarios, obliga. Y mucho, en un país que extravió su brújula.

Esa obligación también es legal: la Universidad tiene el mandato legal de orientar doctrinal y conceptualmente a la nación. El artículo 2° de la Ley que todavía la rige, a pesar de su mistificación por el régimen nacional, establece que “Las universidades son instituciones al servicio de la nación y a ellas corresponde colaborar en la orientación de la vida del país mediante su contribución doctrinaria en el esclarecimiento de los problemas nacionales”. Menudo compromiso.

La política venezolana está profundamente problematizada: en la superficie –el plano de los efectos sobre la gente- hay severas restricciones al bienestar y riesgos a la estabilidad, la paz y la seguridad nacional, que todos resienten, excepto la nomenklatura del régimen. En el centro del problema, un régimen totalitario de nuevo cuño, disociador, polarizante, destructivo, corrupto, populista, entreguista a Cuba, el Foro de Sao Paulo y la demencial geopolítica chavista y un largo etcétera. En la base, una erosión severa del elemento aglutinador y facilitador de la vida social moderna: las instituciones.

Hay, entonces, un problema que llega a las raíces. El sistema que permite la estabilidad, la prosperidad y la justicia está deteriorado. Es, para decirlo en términos de un viejo enfoque, un problema estructural. La experiencia en el manejo de modelos descriptivos de problemas de alto gobierno nos dice que debemos llegar a aquellas raíces: el manejo, entonces, debe ser radical.

A la gente, incluso analistas reputados, se le olvida que radical no es extremo o subversivo, sino relativo a las raíces o fundamental. En los modelos de intervención, o normativos, se requiere incorporar las causas institucionales –aprehendidas en sentido amplio- de los problemas: perturbaciones constitucionales, legales, sub-legales, organizativas, de procedimientos, actitudes y conductas hacia las reglas del juego social, etc. Insisto: en la base fallan los elementos facilitadores de soluciones.

Pero, la urgencia de soluciones en el nivel de los efectos –¡qué vergüenza!: no tener papel sanitario en el momento de necesitarlo, por ejemplo- y la ignorancia de los modelos que explican la producción de soluciones, limitan la visión integral del problema. A alguien toca asumirla. Eso hace la Universidad en estos tiempos aciagos, por lo problemáticos, pero también por la desorientación en la búsqueda de soluciones.

Como ya lo hemos planteado en artículos anteriores, la clase política establecida no las muestra. El país se encuentra entrampado entre una propuesta totalitaria y otra inmovilista. El castro-chavismo quiere destruir y dominar: lo suyo es el “Camino a Cuba”; Por su lado, la propuesta actual de la MUD y Capriles no se plantea intervenir las bases del problema. Ni transición a la democracia, ni cambios constituyentes están en su oferta política. Más aún: ésta incluye recetas chavistas de evidente desinstitucionalización y falta de visión integral, como las misiones.

Toca a la universidad y a los preclaros asumir la tarea de situar el problema político nacional en su justa dimensión y en su alcance. Eso está pasando. Hay muy buenas noticias al respecto. Incluso, la incorporación de otros sectores de alto reconocimiento. Que conste, que se hace al servicio del país, pero no de cualquier liderazgo. En la situación en la cual nos encontramos como país, se requiere un manejo como el que planteamos. Es la naturaleza del problema la que define el tipo de liderazgo necesario.

Estén seguros de que hay una mayoría nacional (dije nacional, no partidista) que tiene los ojos y oídos abiertos al cambio. Lo impone la insostenible situación social nacional (¡es el papel “toalé”, estúpido!). Esa situación exige una agenda inédita: integral, radical, profunda, etc. Los cambios institucionales (eso es la transición a la democracia) son ineludibles.

La Universidad muestra su mejor cara. No la que dicen sus enemigos, sino la que está en su esencia: la gran reserva moral de la nación. Cultura, conocimiento, espíritu, innovación, entrega al prójimo, etc., son sus términos de referencia. En la Universidad, el reverso siempre ha sido el anverso.

* Santiago José Guevara García

sjguevaragarcia@gmail.com / @SJGuevaraG1

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