Recuerdo de Sartre

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Es el verano el momento que aparece propicio para leer, todo aquello que, durante el curso, se ha contemplado, pero ni se ha comprado ni mucho menos se ha leído. Tengo delante la célebre novela La primera noche de Marc Levy. Se trata del autor más leído en Francia. Es el verano el momento que aparece propicio para leer, todo aquello que, durante el curso, se ha contemplado, pero ni se ha comprado ni mucho menos se ha leído. Tengo delante la célebre novela «La primera noche de Marc Levy». Se trata del autor más leído en Francia.

Actualmente puede disponer de 20 millones de ejemplares vendidos y ha sido traducido a 41 idiomas. El otro libro próximo a leer es del japonés Haruki Murakami. La novel lleva por título 1Q84. Conviene advertir que en japonés la letra Q y el número 9 se pronuncian de la misma manera kyü. El autor ha conseguido grandes ventas tanto en su país como en el exterior.

Con todo este panorama por delante ha caído en mis manos «Une si douce Occupation» del historiador Gilbert Joseph. Se trata de un estudio, frío y desapasionado, sobre la figura de Jean-Paul Sartre. El escritor, en ocasiones podríamos decir el filósofo, que ocupo con total plenitud el París y la Francia de después de la Segunda Guerra Mundial. Su célebre escrito «El existencialismo es un humanismo» fue leído y comentado en aquel tiempo. Hoy nos queda de él más la imagen de un escritor que la de un filósofo.

El filósofo del existencialismo es Heidegger que en su Ser y Tiempo postuló una nueva metafísica, distinta del realismo de la filosofía griega y escolástica y de la filosofía idealista y racionalista iniciada por Descartes. Se trata de definir la vida y el tiempo como entes independientes. Aquí el tiempo no es el de los físicos, los astrónomos o la teoría de la relatividad, el tiempo es el tiempo de la vida, al que ya se refirió Ortega y Gasset en sus Meditaciones del Quijote.

Aparece Sartre como simpatizante, de alguna forma, con los alemanes. No puede decirse que participase en la Resistencia. Movilizado en 1939 fue alistado en la sección meteorológica del Cuartel General del Escuadrón de Artillería del Ejército, donde se dedicó a la nada belicosa tarea de lanzar globos de aire caliente para ver de qué lado soplaba el viento. Hecho después prisionero fue internado en un campo. Ahí escribió una obre de teatro titulada «Bariona», varias de cuyas escenas estaban dedicadas a ridiculizar a los judíos, que empezaban a ser víctimas del Holocausto.

París, en 1941, se encontraba repleto de intelectuales alemanes francófilos, como Bremer, Heller y Epting. Para estos intelectuales, las obras de Sartre eran muy aceptables. Si bien no colaboró activamente con los invasores, su producción teatral gozó del privilegio de la representación, precisamente en los teatros controlados por los alemanes. Aparece Sartre en el mítico Café Flore, que era precisamente donde se daba cita la intelectualidad pronazi. Zola, por citar un caso, defendió a Dreyfus con apasionamiento. No puede decirse lo mismo de Sartre, que escribiera una sola línea defendiendo a los judíos ante el Holocausto.

En 1945 se sinceró con estas palabras “Me entenderá la gente si digo que el horror era intolerable pero que nos adaptamos bien a él”. Han pasado los años, los gustos literarios han cambiado por completo. La filosofía también. El mundo es otro. Se encuentra en este momento en una etapa de cambio que no sabemos a dónde puede llegar .

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