Negociaciones

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Estoy, sin siquiera haberme dado cuenta, inmerso en un proceso cambiante, pero continuo, de negociaciones, de cara al impulso de una transición a la democracia en Venezuela. Recurso de gestión, recurso necesario. A desarrollar y consolidar, diría yo. Estoy, sin siquiera haberme dado cuenta, inmerso en un proceso cambiante, pero continuo, de negociaciones, de cara al impulso de una transición a la democracia en Venezuela. Recurso de gestión, recurso necesario. A desarrollar y consolidar, diría yo.

Me he referido varias veces en este medio a lo que he llamado negociaciones transicionales. Son el modo de actuación gerencial que aporta al éxito de la transición por la vía del reconocimiento de la especificidad de este tipo de procesos y el despliegue de las capacidades negociadoras. Son un recurso complejo, no reconocido, pleno de posibilidades y necesitado de sistematización.

En una oportunidad, en la casa de Diego Arria, antiguo presidente del Consejo de Seguridad de la ONU y ex director del International Crisis Group, le refería mis análisis sobre el caso birmano, los cuales varias veces había convertido en tuits a Javier Ciurlizza, jefe de la oficina del grupo para América latina y el Caribe y al propio jefe de la oficina asiática. En aquel momento, en una fase temprana de sus relaciones, estaba planteada una reunión entre el gobierno birmano y la Sra. Aung San Suu Kyi. Me preocupaba que en ninguna información se mencionaba cuál agenda orientaría la reunión. Produjimos unos dos tuits a la oficina asiática. Ambos enfatizaron en esa carencia. Es uno de los recursos a los que hay que referirse.

Las transiciones a la democracia, tal como hemos insistido, son procesos de reestructuración de la base de poder de los sistemas políticos nacionales, que implican también, en función del valor concedido a los consensos en la Economía Institucional actual, la reconfiguración de los acuerdos sociales de base y del gran acuerdo o pacto nacional, expresado en la Constitución.

El proceso llamado transición a la democracia está conformado por fases reconocibles y diferenciables dentro de una lógica que puede calificarse de estratégica. Cada caso muestra situaciones en las cuales están presentes o se puede anticipar tipos y combinaciones de ellos, que se exige reconocer. Y uno de esos tipos es la que llamamos transición negociada.

Lo anterior lo he escrito antes, sin sistematizarlo. Ahora, que me encuentro lanzado a la dinámica inicial de una transición a la democracia en mi país, descubro la utilidad de la organización y el orden en toda la conceptualización relativa a este tipo de procesos. Por ejemplo, tener la fortuna de la claridad para discernir. Muchos opositores venezolanos están anclados y son reos del entorno y conceptos de polarización creados por el régimen totalitario. Ven la política como un “topo a todo”: u otros o nosotros. Una reconfiguración nacional y no polarizada o faccional les parece imposible,… ¡o inaceptable! La deseable nueva mayoría la conciben solo como confinada al mundo de la oposición. Mientras que de lo que se trata es de un nuevo bloque nacional. Difícil y riesgosa diferenciación, necesaria al manejo actual.

Voy a más: estoy en los primeros momentos de permeación de nuestra propuesta constituyente, como medio transicional, en sectores del chavismo (que es distinto al régimen) o que comparten todo o parte de su ideario, y frente a ellos entiendo y actúo orientado a la búsqueda de consensos, sobre la base de que lo sustancial no es la posición actual de mis interlocutores, sino la posibilidad de acuerdos y acciones conjuntos sobre los elementos sustantivos (y no tan sustantivos) de un nuevo orden. Algunos ni me entienden, ni me aprueban.

La gran mayoría de mis interlocutores en el campo opositor –es otra referencia concreta- son refractarios al tema militar. Con el perverso militarismo desatado por el régimen, la larga tradición militarista nacional y el reconocimiento, en todos los procesos de implosión de totalitarismos en los últimos tiempos, uno constata nítidamente, que el fiel de la balanza en ellos es la fuerza armada. Es un dato, no una preferencia. No somos las maduras democracias norteamericanas o europeas (y, sin embargo, recuerden al español Tejero), sino unas tuteladas y no consolidadas republiquitas periféricas.

Pues bien, con los militares hay que conversar. Lo planteo al estamento institucional. No a los futuros clientes de la justicia ordinaria o transicional. El variado y difícil conjunto de acuerdos durables que deben surgir del proceso de reinstitucionalización, propio de la transición, incluye, en posición central, como uno de diez ejes, “la reingeniería de la seguridad y la Fuerza Armada Nacional”. Esa definición tiene que ser negociada, con agenda de por medio, bajo los definidores manejados en este artículo.

Hay más que referir. Claro que hay más. Me acojo a la advertencia de una vieja propaganda nacional: “¡Guillo, que hay mucho pillo!”. Lo planteado exige, no solo capacidad, sino mucha integridad. Venezuela sigue siendo una apetecida mina.

Lo planteado no es, entonces, campo de voluntaristas, avispados, amigos de amigos del otro lado, etc. Reinstitucionalizar pasa por enseriarnos. Para lo cual, la profesionalización. Es un muy loable cometido de la política. ¡En eso andamos!

* Santiago José Guevara García

(Valencia, Venezuela)

sjguevaragarcia@gmail.com / @SJGuevaraG1

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