MUD

Quien diga que el 8D (8 de diciembre, fecha de la próxima elección municipal venezolana), tal como ha sido planteado por la MUD (Mesa de la Unidad Democrática, alianza partidista dominante en el campo opositor o “alternativo”, como sus integrantes prefieren referirla), es la solución al mal nacional, está simplemente burlándose del buen sentido. El anterior párrafo es la ampliación de un tuit nuestro, ampliamente reproducido en las redes sociales, el mismo día que el régimen castro-madurista hizo aprobar en la Asamblea Nacional la Ley Habilitante que le otorga plena licencia por un año para legislar ejecutivamente en lo que se le antoje, con independencia de los aspectos formales de la aprobación.

En mi entender, la dirección opositora (que no le gusta llamarse así, por cierto) fracciona y reduce la política democrática de manera inconveniente, al manejar una agenda puramente electoral, sin ligarla a la terrible agenda política nacional, que tiene que ver, entre otras cosas, con la escalada radical actual hacia un punto de no retorno en el dominio totalitarista y en la destrucción de la economía nacional. Tal situación resulta preocupante. Hay, entonces, un problema político adicional para los demócratas: su dirección política. El debate sobre cuál actuación política, cuál organización y cuál dirección debe ser asumido sin pretextos.

El párrafo anterior también lo colgamos, en otra red. Expresa nuestra principal preocupación. Como tantas veces digo, no me importa tanto lo que hace el adversario (aunque sostengo que hay que contenerlo), sino lo que hacemos o dejamos de hacer al respecto. Dicho lo que hace el régimen y visto lo que responde la dirección “alternativa”, hay, como ya establecido, un problema en el plano de la actuación opositora. Y a su diagnóstico rápido y manejo de opciones de solución nos interesamos en lo que resta de artículo.

Referimos arriba tres aspectos: actuación, organización y dirección. Lo primero refiere la práctica política; lo segundo, la composición y estructura; lo tercero, la jefatura de la agrupación interpartidista.

Podemos describirlas de manera simplificada. Vale, antes, insistir en el contexto en el cual actúan: un régimen neototalitario, enmascarado tras formas institucionales aparentes, pero con control abusivo de condiciones y decisiones. En él, no cabe otra acción que no sea en la línea de su vaciamiento político.

Pero, vayamos a la descripción. En primer lugar, la MUD actúa con un esquema asexuadamente electoralista: no es el régimen, pero tampoco es la oposición. En segundo, su composición es exclusivamente partidista: no atiende los repetidos llamados a la unidad nacional, condición inicial medular en las luchas democráticas frente a totalitarismos. Y, en tercero, su dirección es cada vez más excluyente y montada sobre subterfugios, como el uso de Método D’Hondt, para el inconveniente privilegio a los aparatos partidistas más grandes, lo cual, en típico manejo de los viejos países comunistas, ha terminado pasando el control, de los partidos a sus direcciones y de éstas, a una nomenklatura privilegiada.

El diagnóstico, dicho de manera simple, nos muestra, pues, a la MUD como una alianza electoralista, partidista y apropiada por una nomenklatura.

Nada que ver con los requerimientos y apremios de la larga y compleja “political struggle” descubierta por Rustow en sus estudios pioneros sobre el cómo de las transiciones a la democracia. Nada que ver con lo que requiere Venezuela. Pero, beneficiada, por convencionalismo, del reconocimiento y apoyo de quienes la conceptúan como la referencia democrática venezolana. Eso, sin importarle que la historia propia informe que los afanes democráticos contra los totalitarismos discurren por varios otros caminos.

Y avancemos a la solución. Sostengo la tesis de la inevitabilidad de una estrategia tenaza por parte de quienes reclamamos la necesidad de una oposición política más asertiva y nos ubicamos fuera de la MUD.

Por un lado, una iniciativa de articulación mínima de acciones de las variopintas expresiones democráticas distintas a la MUD, en los tres ámbitos definidos, de modo de definir un polo adicional de resistencia y oposición, que recoja muchas acciones individualmente de poco impacto.

Por el otro, el reclamo activo a la MUD, en la línea de correcciones en prácticas, organización y dirección.

Lo primero lo hemos intentado. Enfrenta barreras serias. El personalismo, por ejemplo: la terrible influencia del caudillismo, el mesianismo, el carisma, etc. El vedetismo, en definitiva. Pero, la hora exige la articulación (para no pedir más). Con ella hay un potencial de acciones de corte propiamente político, que resultaría en un enriquecimiento neto de las luchas contra el castrismo local.

Lo segundo comienza a aflorar con fuerza. En el país democrático debe darse un debate amplio sobre las características y desempeño del esquema unitario opositor. En lo que a mí toca, es sabido por ustedes, amigos lectores, que lo he planteado desde tiempo atrás. Si no se da desde el interior de la MUD, debería darse desde la sociedad democrática toda.

Ojalá cuaje la esperanza de Armando Durán, columnista reputado y ex canciller y ex embajador en España, quien me dirigiera una corta nota esta semana, en términos de “Propóngalo, profesor. Todo lo que sea debate abierto nos ayudará a salir adelante”, para referirse a mi insistencia en el asunto.

Puede, incluso, ser un tema de campaña. El compromiso de una mejor actuación opositora, con propuestas concretas, tiene alto valor político. Sobre ello hemos escrito ampliamente en estas páginas. Todo ello está a la orden. Venezuela necesita con urgencia un nuevo modelo de gestión política democrática que supere el actual de la MUD.

* Santiago José Guevara García

(Valencia, Venezuela)

[email protected] / @SJGuevaraG1

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