Economía transicional (X)

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Dos referencias prácticas que refuerzan la teoría. Las que citaremos no son las únicas en el plano de la práctica; pero, sin duda, muestran lo existente. Importa conocer la experiencia sistemática adelantada. Dos referencias prácticas que refuerzan la teoría. Las que citaremos no son las únicas en el plano de la práctica; pero, sin duda, muestran lo existente. Importa conocer la experiencia sistemática adelantada. En este caso, instituciones no referidas a la vida permanente de los países, como nos interesó en el artículo pasado, sino con foco en la transición democrática. De toda evidencia, no se han construido con todas las certezas acerca de lo posible y conveniente, pero muy claras en el foco. Que es el mismo nuestro. Valgan, entonces, como experiencias y enseñanzas.

Las prácticas referidas surgen de dos propósitos distintos. El Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo (BERD) promueve la transición a una economía de mercado y a la iniciativa privada en los países ex-comunistas de Europa Oriental, por la vía del financiamiento a bancos, empresas y administraciones públicas y la colaboración con empresas públicas en su privatización y reestructuración. Con algo importante: según estatutos, sólo dirige recursos a países democráticos.

El otro, dentro de una iniciativa más amplia del FMI, también presta especial atención a los países de Europa Oriental, en la habilitación de personal. “El FMI toma en serio las instituciones”, se escribe en un reciente artículo sobre un nuevo “Instituto para el Desarrollo de Capacidades”. Se justifica argumentando que la lección que tomaron de la experiencia de la transición y de la crisis en curso les lleva a procurar que “la idea es disponer de una mirada holística de su trabajo para el desarrollo”, de modo de disponer, con el tiempo, de una estrategia del FMI en el desarrollo de capacidades.

Ambas referencias nos resultan útiles. Aún más, en combinación con las teóricas. No sólo se perfecciona el conocimiento de lo que vale, y lo que no, en casos de transiciones democráticas, sino que eso que vale se va conociendo y mejorando en sus detalles. Aún más, se dispone de procesos que no sólo garantizan la sujeción a normas, sino que los refuerzan con acciones educativas, de capacitación, etc.

La disponibilidad creciente, aunque no madurados aún, de modelos que propenden a depurar el conocimiento de las variables que explican las transiciones, puede ir perfeccionándose en la medida que se conocen en su comportamiento real. De hecho, mantenemos la posición de que los modelos conocidos pueden ser mejorados, entre otras razones, por el conocimiento permitido con el mejoramiento de las estrategias de transición, que incorporan variables inusuales, pero de indiscutible impacto.

Todas las experiencias y enseñanzas universales son útiles al caso venezolano. Sucede que, en nuestro caso, los lapsos asimilables a transiciones a la democracia o transiciones democráticas no han sido discutidos, mucho menos sistematizados con método. No existe, por ejemplo, una modelización del contenido transicional del lapso más asimilable a la metáfora: de 1958 a algún momento impreciso, en el cual la transición democrática devino en otro proceso.

Como ése, hay otros pasajes históricos interesantes, sin duda, incluso en los primeros discursos y acciones del General Eleazar López Contreras, en un momento en el cual, bajo una evidente cooptación del antiguo régimen, caído en diciembre de 1935, surgían tímidamente, hechos fundacionales o transicionales.

Se discute aún si el lapso de diciembre de 1936 a octubre de 1945 tuvo características fundacionales o transicionales o fue una larga cooptación. Pero, las expresiones “obra renovadora”, “nuevas orientaciones” y “reformas” estuvieron en el discurso presidencial apenas unos días después de la muerte del dictador Gómez.

Existían una burocracia y voceros políticos que disponían de un cierto orden en los asuntos hacendísticos, ya vetusto, por las nuevas realidades petroleras, y manejaron iniciativas de interés no sólo al corto, sino también al largo plazo, como el Programa de Febrero, en 1936. Al mismo tiempo, otras corrientes políticas también maduraban su organización e ideas económicas.

Luego hubo otro lapso, el trienio, iniciado por una acción cívico-militar, al cual también se asocia avances democráticos y económicos de interés a nuestro tema.

Después, se instala una dictadura de 10 años y el ínterin permite observar desarrollos políticos y programáticos también de provecho. El indiscutido líder de ese proceso, Rómulo Betancourt, ex presidente de la junta de gobierno cívico-militar de 1945, llega a proclamar explícitamente, en enero de 1957, una transición a la democracia. Su partido, principal, aunque no exclusivamente, había avanzado un ideario de altísimo beneficio.

El conjunto de condiciones y desarrollos que marcaron el arranque del nuevo ciclo de democracia, en 1958, permitían presagiar una evolución hacia la consolidación democrática, que no se dio. El “programa económico” era precario y estaba afectado por la polémica entre estatistas y liberalizadores, pero disponía de buenas condiciones para su evolución. La época fue difícil: los convulsos años sesenta.

Ninguno de esos lapsos ha sido estudiado sistemáticamente con óptica “transitológica”. Es un trabajo necesario, en función del rescate de la historia institucional propia, útil a la prospectiva y la estrategia de ahora. Nos interesan sus enseñanzas prácticas. La conjunción de ellas, lo conocido en el mundo y lo nuevo a desarrollar conforma un conjunto interesante al apoyo para el tiempo actual.

* Santiago José Guevara García

(Valencia, Venezuela)

sjguevaragarcia@gmail.com / @SJGuevaraG1

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