Diagnóstico

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Tres párrafos para una corta historia personal: desde finales de los ’80 hasta 2003 mantuve una línea de trabajo sobre asuntos públicos, que podría llamar “temas de alto gobierno”. Tres párrafos para una corta historia personal: desde finales de los ’80 hasta 2003 mantuve una línea de trabajo sobre asuntos públicos, que podría llamar “temas de alto gobierno”. El mando, sus capacidades, recursos, organización, ciclo, métodos, relación con otros agentes, etc., estuvieron en buena medida dentro de las elaboraciones y actividades del lapso.

Varias publicaciones, mucha docencia y facilitación, manuales, intercambios, centros de excelencia foráneos, misiones, etc., me permitieron una visión del quehacer en la temática, muy útil a la hora del análisis comparado en cualquier situación.

Destaco, por su relación con el tema de hoy, un corto manual para el alto gobierno municipal desarrollado para un proyecto de la GTZ alemana en Venezuela. La exigencia de un bueno, por específico, diagnóstico de los problemas de gobierno, para uso por su responsable, me permite saber cuándo estoy frente a un buen o mal análisis de situación.

Entrando en materia, un buen diagnóstico cualitativo a fines de gobierno incluye unos ocho o nueve niveles analíticos, que van desde las causas institucionales (y culturales) primeras de los problemas, hasta sus efectos más sensibles a los ciudadanos. Eso incluye una precisa especificación territorial y temporal del problema, sus líneas de problemática, todas sus causas y los diversos niveles de efectos.

No es, entonces, una frase corta lo que define un problema o situación compleja de gobierno, aunque sea útil para referenciarlo, identificarlo y ayudar a diagnosticarlo apropiadamente. La tarea decisional del alto gobierno no es un ejemplo de simplicidades, sino de todo lo contrario; aunque el método, en estricto respeto a las buenas prácticas del manejo de sistemas complejos, resuelve la exigencia de simplificación de las duras tareas del arte de gobernar.

Más de una vez he pensado en la mala fortuna de la coincidencia del desarrollo que refiero, con el ciclo político iniciado en 1998. Nada más alejado del tipo de ambiente abierto al conocimiento y propicio al “estado del arte” en el campo de la política y la gestión pública. No es casualidad que el gobierno y la administración pública venezolanas, hoy, estén plagadas de militares, iletrados, improvisados, resentidos y cualquier “bicho de uña”. Nada que ver con el burócrata weberiano.

Todo lo anterior, para plantear el asunto que motiva este artículo. En ese ambiente resulta imposible, por más “amigos” analistas dispuestos, que se maneje un buen diagnóstico de la precisa problemática macroeconómica, a fines de política económica –fiscal, monetaria, de rentas, de oferta, etc.- planteada en la justa coyuntura presente.

Fíjense que refiero no cualquier asunto económico. No un proyecto o tema sectorial, ni un Proyecto Nacional de Desarrollo. Aludo a un duro tema de expertos; por lo demás, sometido en el momento actual a una profunda discusión experta, en diversos campos de la política: lo fiscal, lo monetario (ejemplo: el “quantitative easing”), las políticas de rentas, políticas de reformas del lado de la oferta, política comercial, política social y ataque a la corrupción.

Las dos más difundidas aproximaciones al problema presente disponibles en el país en el momento actual –por cierto, de fuentes no gubernamentales- llegan a mencionar el “colosal” déficit y su menú de financiamiento como la causa principal de la problemática, de la cual resaltan algunos temas, ligados todos a un déficit moral, expresado en términos de “decadencia”. Válido, pero parcial. O, en otra versión, con simplismo tecnocrático, la mención de las distorsiones en el sistema de precios relativos; a su vez, consecuencia de los controles en precios y tasa de cambio.

No hay mucho más. Pero, aun con el reconocimiento de sus indudables aportes y méritos, ésos no son los caminos. Está faltando una visión de conjunto de la problemática, en sus varias dimensiones, múltiples causas, económicas y principalmente extraeconómicas y, sobre todo, la mención de las terribles consecuencias de su persistencia o profundización.

Empiezo por esto último. No basta con decir que estamos frente a un abismo (el impago). Hay que describir detalladamente y con todo su dramatismo lo que significará caer en él. Los efectos serán una terrible crisis de Balanza de Pagos, hiperinflación abierta, medidas extremas, más desabastecimiento, riesgos de embargos, represión violenta, eventuales crisis militares y políticas, etc.

En el otro extremo, el de las causas primeras de la situación, hay que decir con valentía que, en buena medida, la licencia que el régimen se tomó para destruir los frenos mínimos de la vida institucional –separación de poderes, imperio de la Ley, rendición de cuentas, contraloría, sanciones, etc.- junto con una intencional facilitación de la corrupción, han llevado a lo que en un intento rápido de diagnóstico encontramos: caos organizativo, inexistencia de controles, grave irrespeto al principio económico básico de la escasez, etc.

En el medio, dicho con toda crudeza, no hay una especificación satisfactoria de la situación, ni de todas sus variables explicativas. El diagnóstico y el plan para su superación –no un ajuste fiscalista-, el cual planteamos en términos de Plan Integral de Reformas y Ajustes, resultan estrictamente necesarios en estos largos días. Resulta imperativo asumirlos.

*Santiago José Guevara García

(Valencia, Venezuela)

sjguevaragarcia@gmail.com / @SJGuevaraG1

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