Consolidar

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Las bases para la consolidación democrática –logro de largo plazo- deberían estar establecidas desde el Pacto Social y de Gobierno y el Plan para la Transición Democrática. Las bases para la consolidación democrática –logro de largo plazo- deberían estar establecidas desde el Pacto Social y de Gobierno y el Plan para la Transición Democrática. Pero, aún así, no es suficiente. No lo ha sido nunca y no lo será. El asunto tiene sus exigencias permanentes. Es un riguroso tema de gestión.

El largo plazo de la democracia depende de factores que deben estar presentes en el diseño inicial, aunque su despliegue, transformación y maduración se cumpla en el devenir permanente o en una fase posterior. Por ello, el “Proyecto Nacional” y –resuelta la transición- el “Programa a varios lapsos”, su segunda fase.

Al tema de la consolidación democrática nos hemos dedicado a saltos los últimos años. Hay unos pocos conceptos que definen nuestra propuesta de manejo para el largo plazo de la democracia. La profesionalización y la institucionalización de los análisis, propuestas y medios para su sostenibilidad están en la base. Nada de promesas de buena voluntad o confianza en supuestas convicciones democráticas. La solución debe ser: 1) profesional –modelos, planes, operacionalización de detalle, etc.- y 2) institucional: nuestro “Observatorio de la Sostenibilidad Democrática”, descrito en varios artículos.

El tema del largo plazo de la democracia lo hemos abordado de varias maneras y en varios momentos. Nuestro libro lo aborda en varios capítulos, pero se concreta en la proposición de lo que llamamos un “Programa de acción a varios lapsos de gobierno”, con dos exigentes criterios de diseño, como son “la honra de la visión y un vigilante manejo de la gobernabilidad democrática”. Posterior al libro, nos hemos interesado, en una serie y artículos sueltos, en esta revista, por lo que hemos dado en llamar “gestionar el largo plazo”, como un atributo esencial de una nueva política democrática venezolana y útil en general.

En lo local, en diversos pasajes hemos hecho referencia a nuestra constatación de que, a pesar de algunas referencias discursivas, el futuro a largo plazo no ha sido una variable explícita en la formulación política venezolana. En el caso de Rómulo Betancourt, sin dudas, el padre del ciclo de democracia conocido, no valió siquiera su estrecha relación con Mariano Picón Salas, quien sí consideraba seriamente lo que él llamaba la “voluntad dirigida”; dicho en sus palabras, “aquella conciencia poblada de previsión y de pensamiento que desde los días de hoy avizora los problemas de mañana”.

La consideración explícita del futuro fue una de las carencias del importante proceso político de contenido democrático que ubico entre 1928 y 1968. Sé que polémico, pero afirmo que, con independencia de esfuerzos e iniciativas plausibles posteriores, ese proceso tuvo un punto de inflexión, hacia la regresión, a partir del primer gobierno de Rafael Caldera.

El paso del concepto puntofijista de gobiernos de unidad nacional a monopartidistas, la caída de la política racional a una carismática, el cambio del pacto explícito en Puntofijo a otro de corporativización de élites a fines rentistas, el inicio del desmantelamiento de la institucionalidad económica, etc., junto con la inexistencia de una hoja de ruta a la consolidación, definieron el inicio de la regresión democrática que hemos referido tanto.

Ese elemento de diagnóstico es muy importante. Nos dice que no es con el imaginario democrático dominante (Ejemplo: “éramos felices y no lo sabíamos”), incluso con la conceptualización económica, y otras, que pueblan la base ética, conceptual y teórica de la política democrática, que Venezuela puede echar raíces firmes para la aseguración de su futuro.

En el plano de la gestión, que es lo que nos interesa en este artículo, hay, entonces, tres “tiempos” de exigencias: las definiciones iniciales, la transición y el proceso posterior a ella, que permite llegar a la consolidación. Ese proceso es lo que llamamos el “Programa a varios lapsos”. En él se debe suscitar un permanente proceso de transformación, que es el atributo central. No lo ha hecho Chile, por ejemplo.

Nuestro libro del 2010 contiene un capítulo, más bien metódico, que expone cuáles deben ser las características de diseño de ese programa y sus propósitos fundamentales. Lo más práctico de su contenido está referido a la descripción del proceso, con la explicación de cada uno de sus componentes.

Todo, bien descrito en el libro, representa “el largo lapso para demostrar que resulta posible mantener un ritmo y un foco que conduzcan al resultado contenido en la visión, en el nivel que permita un mejoramiento notable de los indicadores de toda naturaleza, sobre todo, sociales y económicos.”

La democracia debe transformarse en la medida del paso del tiempo. Hay como orientar ese proceso profesionalmente. Se corre el riesgo de la regresión a un nuevo totalitarismo, como en Venezuela; el absurdo de clamar por una “segunda transición”, como en España; o la persistencia de anclajes o rémoras totalitarias o elitistas, como en Chile. Ese proceso debe institucionalizarse. Cuidado con engolosinarse solo con la transición.

* Santiago José Guevara García

(Valencia, Venezuela)

sjguevaragarcia@gmail.com / @SJGuevaraG1

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