Comprender Venezuela (VI°)

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Ya vamos terminando nuestra serie. Es nuestro penúltimo artículo. En la quinta y última afirmación del primero decíamos: “Y hay que iniciar desde ya la preparación de un largo ciclo virtuoso de democracia”. Es la propuesta más trascendente. La que puede asegurar la definitiva –y hasta ahora imposible- madurez institucional y política de la sociedad venezolana, con todos sus efectos positivos derivados. Ya vamos terminando nuestra serie. Es nuestro penúltimo artículo. En la quinta y última afirmación del primero decíamos: “Y hay que iniciar desde ya la preparación de un largo ciclo virtuoso de democracia”. Es la propuesta más trascendente. La que puede asegurar la definitiva –y hasta ahora imposible- madurez institucional y política de la sociedad venezolana, con todos sus efectos positivos derivados.

No la hacemos, de toda evidencia, en función de nuestro propio y mezquino horizonte de vida. Aunque nos reta iniciarla. De hecho, lo hacemos por la vía de nuestros aportes personales, en los planos principista y conceptual, al “Proyecto Bicentenario”. Es que el reto es de largo plazo. Y el criterio de éxito, consolidar. La consolidación democrática de Venezuela y el progreso general aparejado son los propósitos de nuestros afanes.

Del tema nadie habla en el país. O lo hace erradamente. Así como nos tocó, en veces anónimamente, impulsar el concepto transición, ahora nos lo proponemos con la consolidación. Hay un problema: el largo plazo interesa a pocos. Se le concibe como una evasión del presente, sin percatarse que todos los plazos –incluido el largo- empiezan hoy mismo. O sea, en el presente. Nuestro planteamiento es claro: los conceptos, los acuerdos, los procesos, las instituciones, etc., para el largo plazo de la democracia deben comenzar a acordarse y establecerse ahora.

La preocupación estuvo en las mentes y expresiones de los “padres fundadores” de la democracia. Estuvo en Mariano Picón Salas, en 1946. Estuvo, menos nítido, en Rómulo Betancourt, en 1958. Puntofijo no la expresó cabalmente. Posiblemente la turbulenta década de los ’60 impidió la maduración de un proceso y una reflexión que se acercaran al proyecto de largo plazo. Después, sólo formalidades y exquisiteces, nunca cercanas a la realidad. Sólo la COPRE (Comisión Presidencial para la Reforma del Estado) apuntó a algo de lo necesario, pero mal conceptuada y en contexto adverso y definiciones erráticas.

Hoy, para muchos, es una finura lejana. No se hace el trabajo cultural de implantar el largo plazo como tema político y luego se alega su ausencia en la agenda, para estigmatizarlo. Uno descubre que el largo plazo es un concepto que tiene que luchar por su vida todos los días: lo es –vayan dos ejemplos- en la planificación territorial y urbana y en las grandes obras de infraestructura. El drama lo expresaba crudamente un amigo muy querido, cuando me criticaba por coordinar un plan de ordenamiento de una zona litoral del país y referirme a los resultados a veinte años. Decía: “Santiago se interesa por lo que pasará en el futuro lejano, mientras a la gente le dará hambre tres veces hoy”. El concepto implícito en su posición es que corto y largo plazos son bienes sustitutivos y no complementarios.

La consolidación democrática venezolana debe ser el resultado de un acuerdo social amplio y prolongado. Deberá cobijar instituciones y prácticas para el largo plazo (un Observatorio de la Sostenibilidad Democrática, o la definición de diversas “funciones públicas” profesionales: maestros, policías, jueces, etc.) formalizadas de una o varias formas cualesquiera (desde una Constituyente hasta la acción ordinaria de un Alto Tribunal Constitucional). Dos son entonces los medios disponibles hoy para abordar la tarea: una actividad de formalización de definiciones para el largo plazo y un dispositivo permanente de observación, evaluación y control de la sostenibilidad (y renovación) de las instituciones.

El logro exige condiciones culturales y políticas hoy excepcionales. Las Universidades están dispuestas a atacar las primeras. Al menos eso han dicho, por la vía de nuestro Proyecto. Las segundas no son evidentes hoy, pero tampoco ha existido el contexto que las permita. Estamos posiblemente en el mejor momento después de 1958. Chávez lo tuvo, lo dilapidó y metió al país en un hoyo siniestro. Estamos, como digo en mi libro, frente a un nuevo ciclo largo de democracia y sería una insensatez iniciarlo sin los pasos hacia lo permanente.

La consolidación democrática es el tema es al cual presto mayor atención. A contracorriente. Pero, estoy acostumbrado. Venezuela no puede seguir siendo una maldita mina a la que nadie, ni propios ni extraños, mira y trata con afecto y consideración.

Para ser una nación –termino con una de mis citas preferidas- debe desplegarse lo que Picón Salas llamó “la voluntad dirigida”,… “aquella conciencia poblada de previsión y de pensamiento que desde los días de hoy avizora los problemas de mañana”.

*Santiago José Guevara García

(Valencia, Venezuela)

sjguevaragarcia@gmail.com / @SJGuevaraG1

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