Comprender Venezuela (I°)

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Este es el primero de una serie corta de artículos que dimensionan y precisan los requerimientos mínimos de reconocimiento, a fines de superación, de la compleja situación que hoy destruye, humilla y anula a Venezuela. Este es el primero de una serie corta de artículos que dimensionan y precisan los requerimientos mínimos de reconocimiento, a fines de superación, de la compleja situación que hoy destruye, humilla y anula a Venezuela.

Hay un evidente dilema en el análisis. Ese dilema está claro y es antinómico: unos piensan y actúan como si lo que ocurre responde a una plena legitimidad democrática o a una situación de normalidad política; otros planteamos que hay una dramática situación conflictiva y riesgosa de progreso a una radicalización totalitaria, altamente entrópica, con aristas sobre las cuales no hay posibilidad de consenso que no sea por el forzoso reconocimiento de realidades aún ausentes.

En otros artículos de la serie nos referiremos a lo por venir. A lo prospectivo y estratégico, queremos decir. En éste, aportaremos a precisar el presente, para poder avanzar al futuro con base en el reconocimiento de realidades. Vayamos a comprender Venezuela, pues.

El proyecto cubanoide de Chávez siempre estuvo en su intención. Hay que reconocerle que supo camuflarlo y salvarlo de múltiples obstáculos en el camino, varios de ellos superados por concesiones de quienes tuvieron posiciones de poder en el pasado reciente y ahora piensan como si estuvieran en algo que se parece a lo que regentaron.

Ese proyecto es excluyente de toda posibilidad efectivamente democrática, aunque se cuide escrupulosamente de guardar las apariencias, conceder espacios, permitir la supervivencia a algunos de sus oponentes, soltar migajas de la abundante renta petrolera; etc. Todo, de modo que lo barnicen de democrático.

Su juego es de suma-cero. No contempla la alternancia, aunque el texto constitucional la proclame. Eso nos sitúa con mucha claridad enfrente de un conflicto, el cual, por lo demás, hemos caracterizado en su ciclo inicial, por evidente. No es, entonces, ni una situación legítima ni de normalidad democrática, que permita pensar en posibilidades de superación por la vía electoral, bajo las condiciones imperantes.

Nuestro accidentado artículo anterior pintó la terrible situación general del país. Cada día hay nuevas evidencias. Para el régimen es sólo un proceso de transición al socialismo, aunque en un esquema, no de acumulación y fortalecimiento de las fuerzas productivas, sino en todo lo contrario: su anulación. Al final, para ellos y sus cómplices no importa esa destrucción. No olviden que a Venezuela, en el peor de los casos, le ingresan por encima de 100 millones de dólares diarios de renta petrolera.

Lo peor de todo es la confabulación de intereses entre una cúpula militar corrupta y ligada a los peores negocios; un estamento político oficial oportunista y también corrupto; el Foro de Sao Paulo, con Lula, los Castro y sus cómplices, como principales beneficiarios; una “geopolítica” de estados forajidos, bandas, traficantes y oportunistas; un “lumpen” empoderado; grupos estatales y paraestatales violentos; etc. Es decir, un país con todas las alarmas encendidas, en lo relativo a un eventual conflicto abierto.

En esa realidad se ubica una dirección partidista opositora, con muy bajo reconocimiento, en buena medida responsable o legataria de los causantes, con su miopía política, de los tiempos actuales. Sus atributos complican la situación: son usufructuarios de un inteligente esquema de cohabitación, no reconocen el sistema electoral no competitivo del régimen, se niegan a la denuncia de la compleja situación política, no se sienten obligados al reclamo y denuncia de los derechos básicos; carecen de sentido de largo plazo; etc. Han constituido un acuerdo unitario, predominantemente partidista, para el cual han limitado, pero no impedido, la presencia de opiniones alternas.

Esas voces alternas representan las otras opiniones sobre la situación del país. Estamos parados en un campo minado, apuntados por muchos. Hay que proclamar, reclamar y hacer avanzar con fuerza una transición a la democracia. Hay que cambiar radicalmente el piso institucional, militar, policial y violento del sistema. Hay que definir, no un programa de gobierno, sino una exigente y prolija transición democrática. Y hay que iniciar desde ya la preparación de un largo ciclo virtuoso de democracia. Esas voces las comparto. Ellas deben ser impulsadas para hacerlas arraigar y florecer.

* Santiago José Guevara García

(Valencia, Venezuela)

sjguevaragarcia@gmail.com / @SJGuevaraG1

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