Cincuentenario de un “máldito”

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Han pasado 50 años desde la muerte de Louis-Ferdinand Céline, escritor clasificado en la serie de los “malditos”, probablemente con el número 1, hasta el extremo de qué el Gobierno francés ha prohibido que sea incluido en la Lista de Celebraciones Nacionales de este año. Acusado de colaboracionista con el Gobierno alemán como tantos otros, emigro a Dinamarca, donde vivió hasta que pudo volver de nuevo a su país. Afirmaba que él no era nazi, que nunca lo había sido, pero era furiosamente antisemita. De él se han elaborado multitud de juicios. Por ejemplo, “Céline es un pobre tipo, pero un gran escritor”, ha dicho Andre Malraux o “Celebrar a Céline significa matar nuevamente a las víctimas del Holocausto”, ha afirmado Claude Lanzmann, director de la película “Shoah”. Han pasado 50 años desde la muerte de Louis-Ferdinand Céline, escritor clasificado en la serie de los “malditos”, probablemente con el número 1, hasta el extremo de qué el Gobierno francés ha prohibido que sea incluido en la Lista de Celebraciones Nacionales de este año. Acusado de colaboracionista con el Gobierno alemán como tantos otros, emigro a Dinamarca, donde vivió hasta que pudo volver de nuevo a su país. Afirmaba que él no era nazi, que nunca lo había sido, pero era furiosamente antisemita. De él se han elaborado multitud de juicios. Por ejemplo, “Céline es un pobre tipo, pero un gran escritor”, ha dicho Andre Malraux o “Celebrar a Céline significa matar nuevamente a las víctimas del Holocausto”, ha afirmado Claude Lanzmann, director de la película “Shoah”.

Sin duda, su obra más importante es “Viaje al fin de la noche”. Aquí el autor consigue una asombrosa integración entre lo inmundo y lo sublime. Puede decirse que su narrativa es un monumento al gusto a través del mal gusto, al francés hablado y mal hablado. Luis Emilio Herrero ha manifestado que el “Viaje” abarca “toda la grosería del mundo, la sátira y la jerga para hacer posible el viaje a la gran putrefacción de la Humanidad”. Su nombre recuerda a otros colaboracionistas o al menos simpatizantes de los alemanes. Como Pierre Drieu La Rochelle, que acabó suicidándose. O como Laval, o Robert Brasillach o, incluso, el propio mariscal Petain, que acabó sus días confinado en una isla.

Escribió también “Bagatelles pour un massacre” en donde da rienda suelta a unos relatos hilvanados por una obsesión: los judíos. Se trata, en el fondo, de una manía. Capitalistas y revolucionarios, extranjeros y compatriotas, comunistas y nacionalistas, patrón y obrero. “De Hollywood a Moscú, el mundo entero se ha enjudiado”. En 1941 escribe “Les beaux draps” en donde la palabra “draps” tiene acepciones ambiguas. Puede ser, banderas, sábanas o harapos. Según los críticos, es el libro más alegórico y enigmático. Henri Godard ha podido escribir, refiriéndose a Céline, que “gozamos al leer unas ideas qué, sin embargo, condenamos”.

Con este cincuentenario ha salido a relucir la figura de Serge Klarsfeld, el célebre presidente de la Asociación de hijas e hijos de deportados judíos de Francia. “A mis 15 años, leí, maravillado, “Viaje al fin de la noche” y “Muerte a crédito”, pero luego descubrí que su autor había puesto su prestigio al servicio del antisemitismo. Celebrar su aniversario es indigno de la República. Si el presidente Sarkozy no se compromete, nuestra reacción será muy dura. Y el presidente de la Crif, Asociación de Instituciones judías de Francia manifestaba poder “comprender un coloquio”, nunca una celebración.

Era un pesimista absoluto que pudo escribir “La noche está dentro de nosotros. La vida no es más que un fugaz brillo de luz que siempre acaba en la noche”.

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