Gabo y los magnates

Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on reddit
Share on telegram
Share on email

A propósito de la aparición de la biografía de Gabo en español, escrita por Gerald Martin, el periodista Juan Carlos Zapata narra hecho jamás contados de la gran fiesta de los 80 años del Nobel colombiano celebrada en Cartagena de Indias. Allí, Gustavo Cisneros y Julio Mario Santodomingo, desatan una lucha silenciosa. La presa es Carlos Fuentes. Los reyes de España, Bill Clinton y Teodoro Petkoff, en el fondo. A propósito de la aparición de la biografía de Gabo en español, escrita por Gerald Martin, el periodista Juan Carlos Zapata narra hecho jamás contados de la gran fiesta de los 80 años del Nobel colombiano celebrada en Cartagena de Indias. Allí, Gustavo Cisneros y Julio Mario Santodomingo, desatan una lucha silenciosa. La presa es Carlos Fuentes. Los reyes de España, Bill Clinton y Teodoro Petkoff, en el fondo.

Esto ocurrió en Cartagena de Indias, marzo de 2007. No hay mérito propio en mi asistencia al IV Congreso Internacional de la Lengua Española, en cuyo acto plenario el homenajeado era Gabo en sus 80 años y al mismo tiempo los 40 años de la aparición de Cien años de Soledad.

Debo a la confluencia de dos amigos la suerte de haber estado en lugares de privilegio. Por un lado, el político, escritor y periodista, Teodoro Petkoff, amigo personal de García Márquez. Por el otro, Dalita Navarro, quien fuera esposa de Petkoff y ahora está casada con el ex-presidente de Colombia, Belisario Betancur, quien a su vez, era presidente del Congreso de la Lengua. Los tres se llevan de maravilla. Tanto que Betancur, en oferta de ese fino humor que le es propio, una vez le preguntó a Petkoff:

-Teodoro, ¿qué somos nosotros?

-¿A qué te refieres Belisario?

-Bueno, existen los cuñados, los suegros, los concuñados. ¿Pero qué somos nosotros?

Y Dalita y Teodoro, cayendo en cuenta de la ocurrencia, estallaron en carcajadas.

Por esos días, eso sí, aparecía mi libro Gabo nació en Caracas no en Aracataca. A Gabo le entregué un ejemplar, y al mío propio le escribió de su puño y letra:

“Te equivocaste, querido Juan Carlos, yo sí nací en Aracataca”.

En aquel evento magno la aclamación de García Márquez estaba de antemano garantizada, y por tanto, aquí sobran los antecedentes. La celebración del evento se promocionó de tal manera que prometía la gran fiesta universal de la literatura. La convocatoria reunía a Carlos Fuentes, Tomás Eloy Martínez, Sergio Ramírez, Enrique Vila Matas, Jorge Volpi, nuestro desaparecido Eugenio Montejo, Antonio Skármeta, Oscar Collazos, Juan Cruz y Juan Luis Cebrián, entre otros. Pero además estaba presente el poder político y económico de Colombia, y los reyes de España, y Julio María Sanguinetti, y por supuesto el ex-presidente de los Estados Unidos, Bill Clinton, amigo de Gabo.

Por si fuera poco, también estaba la ciudad. Y es que Cartagena de Indias se ha convertido en punto de encuentro para narradores, poetas e intelectuales de distinta especie. La ciudad amurallada y el vallenato de los hermanos Zuleta. La bahía y al fondo los yates de los magnates.

Semanas antes había asistido al Hay Festival y fue esta ocasión la que me dio una aproximación de lo que pudo haber sido el XIII Congreso de 1967 en la Caracas de entonces, ciudad mediana, pero vital, que a pesar del terremoto que la azotó comenzando agosto, se volcó, en exorcismo de su tragedia, a agasajar a los escritores, a celebrar la primera entrega del Premio Rómulo Gallegos a un joven llamado Mario Vargas Llosa, a celebrar la aparición de Cien años de soledad, de un Gabo que se reencontraba con Caracas, 8 años después de su primer paso por esta capital. Esto observé en Cartagena en el Hay Festival. La ciudad entera tomada por el mundo de las letras, y entre otros, un Volpi, un Pedro Juan Gutiérrez, un Juan Cueto, un Santiago Gamboa, un Santiago Roncagliolo, un Juan Manuel Roca y un Derek Walcott de voz profunda y rotunda, convertidos en figuras de alto vuelo, como debía ser. Es el amor a la literatura, diría Vargas Llosa, distanciado de Gabo a raíz del puñetazo más famoso del mundo de las letras, y quien no estuvo en Cartagena en el IV Congreso, pero seguro vería por televisión el momento cumbre de los discursos, el momento en que volaron las miles de mariposas amarillas (eran papelitos de piñata), el momento en que llegaron los reyes de España, el momento en que Clinton aplaudió y se sentó, con una mariposa amarilla en su cabeza. A mi lado, Luz Marina Cabarcas, directora de la biblioteca de la Universidad Javeriana de Bogotá, lloraba. El escritor venezolano Oscar Marcano me reveló después que soltó par de lágrimas. Dos filas más allá, Julio Mario Santodomingo y sus hijos aplaudían a rabiar. Otra fila más cerca del podio, Gustavo Cisneros, Carlos Bardasano y Oscar de la Renta no ocultaban su emoción.

Aquí es donde viene la conexión. Y es que antes de hablar del reto de Gabo ante la multitud, hay que hablar de estos dos magnates (8.000 millones de dólares sentados en dos butacas), atentos a cada detalle, pendientes de ambos al mismo tiempo, y a la vez disputándose a Carlos Fuentes. Al principio no precisaba el revuelo armado por una ejecutiva del Grupo Cisneros. Me acerqué y lo supe: es que Gustavo quería sentarse en esa fila y en ese pasillo. ¿Por qué? Lo entendí más tarde: era el pasillo del protocolo. Por allí debían desfilar las grandes figuras de la literatura, el homenajeado, el presidente de Colombia y los reyes de España. El primero en entrar sería Carlos Fuentes. Julio Mario lo vio. Se levantó de la silla y, más anciano, no podía desplazarse con rapidez, y antes de que alcanzara el brazo del autor de Terra Nostra, ya Cisneros, más joven, había llamado la atención de Fuentes, dejando éste (sin percatarse) a Julio Mario con el brazo en vilo, retrocediendo a su asiento, con la sensación de las manos vacías. En cambio Cisneros abrazaba a Fuentes con un abrazo que sonaba: fuerte, caluroso. Debemos recordar que el año anterior Fuentes había prologado la biografía, Gustavo Cisneros, un magnate global, y debemos recordar que Cisneros y Santodomingo, se habían involucrado tiempito atrás en una disputa (guerra de medios y dinero), por el control de la cervecera peruana, Backus. Lo que era inimaginable es que la guerra podía incluir la disputa por Fuentes, amigos de ambos, por la familiaridad con que lo llamaron:

-Carlos –gritó Cisneros.

-Carlos –gritó Santodomingo.

Después le apunté a Cisneros que le había ganado la carrera de velocidad a Julio Mario.

-¿Te diste cuenta? ¿Te diste cuenta? –Y el magnate gozaba el instante como un niño.

Todos de pie volcados al aplauso mientras bajan Uribe, sonriente, saluda a los más cercanos, y pasa Gabo, y pasa Petkoff, y Betancur, y Mercedes y Dalita. Antes, han pasado don Juan Carlos y doña Sofía. ¿Qué ha ocurrido? Capte el lector este momento. Imagínese el lector este instante de intensa emoción. El Rey saluda a Cisneros con un movimiento de cabeza. Pero ¡Oh oh!, la reina se ha detenido, ha extendido su mano y las manos, la de ella y Gustavo Cisneros, unidas en un apretón mientras los labios se mueven, se dicen algo, se recuerdan algo, son 10, tal vez 15 segundos, o un poquito más, pero un tiempo infinito si se toma en cuenta el desfile del protocolo y lo que implica detenerse en tal circunstancia. Lo que viene es lo mejor. Es el gesto que hace Cisneros una vez que la reina ha seguido su camino. Se vuelve hacia sus acompañantes, De la Renta y Bardasano, y hace el gesto, Cisneros, con el puño apretado, y la boca entreabierta, de que ha alcanzado una hazaña. Es el gesto del niño que ha bateado un hit o anotado una carrera. Es un Cisneros ufano que guarda un secreto. El secreto mejor guardado es ¿qué se dijeron la reina y el magnate?

El acto termina. El poeta colombiano Juan Manuel Roca me preguntaba por el poeta venezolano Eugenio Montejo. (Estaba en la sala pero no lo había visto, luego nos encontraremos en el restauran y vaya abrazo Montejo para todos, nunca lo había visto así). Juan Cueto y Antonio Skármeta conversaban bajito de cine, de Trueba. Con el tiempo se sabría: Trueba estudiaba llevar al cine la novela de Skármeta, El baile de la Victoria, y quizá entonces el director español ya le había dicho al escritor chileno lo que diría en el Festival de San Sebastián en 2009:

-Cuando estaba leyendo la novela tenía la cabeza llena de cine.

Los discursos de Gabo, Alvaro Uribe, Fuentes, Antonio Muñoz Molina, Tomás Eloy Martínez y Belisario Betancur, son de antología. Tomás Eloy recordaba en calidad de promotor de la edición, y testigo principal, el impacto del éxito de Cien años de soledad en Buenos Aires en 1967. Muñoz Molina hizo énfasis en la hermandad de la lengua, y de cómo la novela de Gabo profundizó esa hermandad. Ahí va luego la proyección del documental de la vida del laureado. Este sonríe cuando en pantalla aparece Alvaro Mutis ofreciendo su testimonio. Y en el momento en que Meira Delmar dice que Gabo es un ser aparte, es cuando suelta una lágrima que enjuga con el dedo anular derecho. Habla Fuentes y mientras narra y cuenta los años de México y París, Gabo parece confirmar con la mirada y con cierto movimiento de cabeza, cada dato, por la atención que presta, por la sonrisa que exhibe, se nota que el discurso de Fuentes lo complace de manera especial; e inclusive, hay un instante en que pregunta le aclaren algo que dijo su amigo Fuentes.

Los vallenatos hacen bailar a Clinton. Gabo y Clinton se saludan tal y cual viejos conocidos. Gabo no puede evitar emocionarse cuando Clinton (con cierto retraso) ingresa al salón acompañado de Luis Alberto Moreno, embajador en Washington, hoy presidente del BID, rompe el orden y se entrega todo desde la tarima, como una vez Clinton se le había entregado en la Casa Blanca, leyéndole y comentándole de memoria pasajes de Cien años de soledad. La emoción de Gabo por el ex-presidente de los Estados Unidos era igual a la de alguien que por fin veía entrar al invitado que faltaba a la fiesta. Después de Clinton, todo estaba completo. El ex-presidente César Gaviria se estira como el hombre de goma, y logra saludarlo.

Más tarde, la Gaba le da un codazo (suavecito pero codazo al fin) para que Gabo despierte y escuche a Belisario Betancur. Más tarde le llama otra vez la atención para que se concentre en el grupo de niños que cantan vallenatos. Al final del concierto, quiere la Gaba que su esposo atienda a los niños, pero no, él no logra desprenderse de la cháchara que le ha montado Ramiro de la Espriella, uno de los dos sobrevivientes del Grupo de Barranquilla. En medio de tanto discurso, tantos foros, tanta prensa, tanto encuentro y tanta celebración de esos días, los escritores y académicos comprenderán que la historia los ha reivindicado, aunque en las horas previas ha corrido la noticia del robo de la pluma de la estatua de Cervantes, que el día anterior ha sido inaugurada por el rey Don Juan Carlos. Al pie de la estatua se arma la polémica entre los que defienden a España y los que no, los que recuerda los aportes de la conquista y los que no. Cartagena no salía de su asombro por el hecho, y quien circulara entre las viejas murallas y el Centro de Convenciones, echaba una mirada al monumento amputado, como en vida Cervantes también perdiera un brazo en batalla. Fue tanta presión de prensa que la pluma aparecerá otra vez en su lugar. Y la versión que la policía ofrece es el cierre mágico de otra historia costeña: la pluma pasó tres veces de mano, y los autores del arrebato la cambiaron por una botella de aguardiente antioqueño.

Gabo, Mercedes Barcha, Dalita Navarro, Belisario Betancur y Teodoro Petkoff buscan una vía de salida tras bastidores. Yo salto de mi asiento y voy al encuentro del grupo. Una mujer se acerca y le dice a Mercedes Barcha que qué bonito el discurso de Gabo reivindicando el papel de la mujer, y Mercedes le responde, palmeándose el pecho, severo:

-A la mujer no, a mí. Fue a mí.

Nos movemos por los vericuetos detrás del telón. Los guardias de seguridad dicen que las afueras del recinto están a reventar. La elección de la Señorita Colombia nunca atrajo tanto público. La verdad es que a Gabo lo pueden aplastar. En las horas previas al acto central, los cazadores de autógrafos y fotos no le daban cuartel. El se refugiaba en casa, con los más allegados. Se refugiaba en La Viola, el restaurant de moda en Cartagena, con Cebrián, Fuentes, Juan Cruz, Sergio Ramírez, Petkoff, Betancur, y… yo coleado. Noté que cuando se cansa de escuchar (cada vez habla menos), busca a Mercedes con la mirada, la encuentra en la otra mesa hablando con sus amigas, y él hace la seña correspondiente y ella entiende que está cansado, que es hora de marcharse.

Ahora, señalan los guardias, la situación puede tornarse peligrosa. No parece haber escape alguno. De pronto aparece alguien y sugiere salir por la puerta de atrás. Pero la situación es igual. Subimos y bajamos escaleras y la concurrencia es la misma. Yo estoy ahí, asomado, viéndolo todo. El despliegue de seguridad en el exterior incluye policías, ejército y quién sabe qué más. Clinton abandonó el lugar sin problemas. Y lo mismo Alvaro Uribe. En cambio Gabo no ha podido. Gabo lleva unos papeles en la mano, es su discurso, creo. Dalita está eufórica. Belisario tranquilo. Petkoff sonríe, somos cómplices de los hechos. Vuelve la persona que parece estar al mando de los guardias y dice que habrá que esperar. Entonces Gabo reacciona. Es verdad, le fastidia la fama que lo acosa, que le quita tiempo, que lo invade, que lo estruja, pero hoy es otra cosa. Entonces se da cuenta de lo que está ocurriendo, se percata del momento histórico, no es un día cualquiera, son los 80 años, es Cartagena, es la costa colombiana, donde comenzó todo, donde nacería un mundo, Macondo y sus habitantes. Gabo toma aire, piensa en la fama (condenada y bendita fama), se estira, como puede, el traje blanco de la costa colombiana, y señala, imperativo:

-Yo voy a pasar por ahí. Yo no puedo echarle esta vaina a esa gente que ha venido a verme. Ustedes (se dirige a los guardias), cumplan con su deber. Ábranme paso.

Dice esto, y avanza. El traje blanco –más bien crema- refulge al sol, es una aparición. La gente enloquece: Ahí está, ahí está, ahí está… Gabito lindo, grita una mujer. Gabito, Gabo…

Miles de manos. Miles de voces. Millones de ojos. En ese mismo momento, Santodomingo y Cisneros se sientan a la mesa. También esperan por Gabo en el almuerzo protocolar.

TE PODRÍA INTERESAR

DEJA UNA RESPUESTA