Banderas de Brasil y EEUU
La relación entre Brasil y Estados Unidos atraviesa un momento crítico tras el anuncio de un drástico aumento de aranceles por parte del presidente Donald Trump. Con la medida prevista para entrar en vigor el 1 de agosto, el Gobierno brasileño redobla esfuerzos diplomáticos sin obtener respuesta de la Casa Blanca. La tensión se intensifica ante lo que el presidente Luiz Inácio Lula da Silva considera una represalia ideológica con escaso fundamento comercial.
Durante un acto en el estado de Minas Gerais, Lula fue tajante: “Él (Trump) no quiere conversar; si quisiera hablar tomaba el teléfono y me llamaba”. Esta declaración refleja la frustración del Ejecutivo brasileño, que no logra establecer un canal diplomático efectivo con la administración estadounidense.
La misión diplomática del Senado busca romper el aislamiento impuesto por la Casa Blanca y mitigar el impacto económico de una decisión que podría costar miles de millones a la economía brasileña
Desde Brasilia, se teme que la imposición arancelaria tenga efectos devastadores sobre el comercio bilateral, especialmente en sectores clave como el agroalimentario y la siderurgia. La ausencia de diálogo refuerza la percepción de que el Gobierno estadounidense ha tomado una decisión unilateral y politizada.
Según lo expresado por Trump al anunciar la medida, el aumento del 50% en los aranceles no responde a disputas comerciales, sino a la “caza de brujas” contra Jair Bolsonaro, quien enfrenta cargos por su participación en el intento de golpe de Estado en 2023. Esta justificación ha generado desconcierto en el Gobierno brasileño, que considera que se trata de una represalia ideológica disfrazada de política comercial.
El Ejecutivo de Lula interpreta la maniobra como un acto de alineamiento con la ultraderecha brasileña, y ve escasas posibilidades de revertir la medida sin un cambio de postura directa desde la Casa Blanca.
Con el tiempo en contra, Brasil enviará el próximo lunes una delegación de ocho senadores, que incluye representantes de izquierda, centro, derecha y extrema derecha, con el objetivo de presionar al Congreso y a posibles aliados diplomáticos en EEUU. Se trata de una iniciativa inusual que busca mostrar unidad nacional ante una amenaza externa.
El grupo espera mantener reuniones tanto con legisladores estadounidenses como con funcionarios del Departamento de Estado, en un último intento de abrir canales de negociación antes del 1 de agosto.
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