La calle movilizada

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Los ‘indignados’ brasileños, le han dado un respiro al Gobierno de Dilma Rouseff tras la muerte de dos personas durante las protestas. No quieren que las acciones violentas que se han producido en algunos momentos desvirtúen la esencia pacífica de sus reivindicaciones, por lo que el Movimiento Paso Libre, que ha canalizado las movilizaciones de los últimos días en Brasil, ha decidido abandonar temporalmente las calles. Los ‘indignados’ brasileños, le han dado un respiro al Gobierno de Dilma Rouseff tras la muerte de dos personas durante las protestas que se iniciaron hace unas semanas con la subida del precio del transporte público. No quieren que las acciones violentas que se han producido en algunos momentos desvirtúen la esencia pacífica de sus reivindicaciones, por lo que el Movimiento Paso Libre, que ha canalizado las movilizaciones de los últimos días en Brasil, ha decidido abandonar temporalmente las calles.

En la prensa brasileña se asegura también que los ‘indignados’ creen que la inesperada dureza registrada en algunas manifestaciones podría estar provocada por grupos de extrema derecha infiltrados que quieren arruinar la imagen del movimiento. Una circunstancia que ya ha provocado dos muertos y centenares de heridos.

Otras versiones, sin embargo, apuntan al temor de que la irrupción de los partidos políticos en el movimiento termine por ‘reconvertirlo’. De hecho, el Partido del Trabajo (PT), al que pertenece la presidenta brasileña Dilma Rousseff, tras algunas dudas iniciales ha terminado por sumarse a las protestas.

Pero lo que ha quedado claro es que la población brasileña está descontenta con el Gobierno. Hasta un millón de personas llegaron a concentrar en 80 ciudades del país a pesar de la marcha atrás de algunos municipios (como el de Río de Janeiro y Sao Paulo) de la subida en 20 céntimos de real (0,07 euros) en el transporte. La mano tendida de la presidenta Dilma Rousseff no resultó suficiente para acallar las protestas, sólo el temor a que la violencia pueda empañar unas reivindicaciones pacíficas lo ha conseguido.

De momento, el Gobierno se ha reunido de urgencia con el fin de evitar que las movilizaciones estropeen la gran fiesta católica prevista para el próximo mes con la celebración del ‘Día de la Juventud’ y la visita del Papa Francisco al país. Tal y como ha ocurrido estos días con la Copa Confederaciones de fútbol.

Sin embargo, aunque Dilma pudiera evitar eso, lo que no conseguirá ya es disipar las dudas que empiezan a aparecer en los medios de comunicación internacionales sobre el verdadero impacto en la población del ‘cacareado’ milagro brasileño.

Los manifestantes se multiplicaron desde el pasado lunes, cuando se contaron 230.000 personas, y aquel ya fue un récord en este tipo de eventos. La marca anterior se consiguió en 1992, cuando los brasileños se movilizaron contra el presidente Fernando Collor de Melo, que terminó por abandonar la presidencia al mes siguiente.

Esta semana, las movilizaciones llegaron a congregar a gran cantidad de gente en los diversos municipios del país. A diferencia de las manifestaciones del primer día de la semana, en las posteriores no hubo ningún elemento unificador, cada uno pedía lo que creía justo.

La corrupción, el exceso de gastos en el Mundial de 2014, la educación, la salud… Todas estas cuestiones se plasmaron en las pancartas que portaban los manifestantes. Por elegir alguno por encima de los demás, podría mencionarse el rechazo a la presencia de los partidos mayoritarios.

Para suavizar la tensión en el ambiente, la formación gobernante, el Partido de los Trabajadores (PT) intentó unirse a lo que pretendía ser una jornada festiva, pero no consiguieron su propósito. Tal y como comenta el diario español El País, en Sao Paulo, 100.000 militantes del PT tuvieron que abandonar la protesta por ser insultados y agredidos.

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