Si yo fuera un indignado (parte II)

Hay realidades establecidas que están frente a nuestras narices y no las miramos. Hay otras, en eclosión, que claman auxilio para establecerse. No es ocioso, en un mundo en crisis -algunas de ellas, ignoradas u olvidadas- puntualizar que en esas realidades hay mucho potencial aporte al progreso, la estabilidad y la paz. Hay realidades establecidas que están frente a nuestras narices y no las miramos. Hay otras, en eclosión, que claman auxilio para establecerse. No es ocioso, en un mundo en crisis -algunas de ellas, ignoradas u olvidadas- puntualizar que en esas realidades hay mucho potencial aporte al progreso, la estabilidad y la paz.

Ya he dado mi opinión sobre la presencia de un postcapitalismo que no se atiene a la, manejada por todos, taxonomía marxista, según la cual, después del capitalismo, toca turno al socialismo. Aserto demostrado incierto, cuando por el contrario, pasa que desde la salida de la crisis de los ’30 del siglo pasado -mucho antes de la debacle del socialismo real- el sistema imperante -aún en desarrollo, aún requerido de diseño e impulso, sujeto a las dialécticas democracia-totalitarismo y liberalismo económico-estabilidad- no es el capitalismo, sino la Economía Mixta.

De la misma forma, pero más incipiente, lo que pasa en Islandia, otras iniciativas de democracia avanzada, la Onda Renovadora Mundial actual –precisamente, en una semana plena de movilizaciones- y el cúmulo de demandas de reformas institucionales en todo el mundo son los movimientos de parto, no de colectivismo alguno –aunque presentes las mismas dialécticas señaladas arriba- sino de una democracia más ciudadana y, por ello, más efectiva. Ambos procesos, dicho sea, aún exigen empujones propiciatorios que los hagan plenamente presentes.

Podemos concluir, entonces, que los aportes de la acción estatal bien concebida para lo económico, a fines de estabilidad y justicia; así como de participación y libertad, concretadas en formas institucionales nuevas, para lo político, abonan sin duda al camino a los tres grandes propósitos mencionados en el primer párrafo.

La semana pasada postulábamos, para hoy y los tiempos por venir, un contexto que combina los valores económicos básicos de la prosperidad, la justicia y la estabilidad, con otros, tales como libertad, fraternidad y participación, a los fines de la redefinición ética de lo que viene. Realizábamos también una propuesta institucional que podría ser un avance fuerte a una democracia más estable y efectiva. Es un tema de capital importancia en la procura de la paz social.

Ahora vamos al tema de cómo ponerlo en juego. Es una exigencia a varios niveles. Personal, organizativo, político e institucional (es decir, desde lo micro hasta lo macro); con exigencias prospectivas, estratégicas y operacionales, en los planos de las hipótesis, conceptualización, diseño, formulación, instrumentación, coordinación, seguimiento, control, etc.

Hoy, el mundo observa –viendo la realidad en positivo- cambios constitucionales diversos, la renovación de prácticas políticas e institucionales, el recurso a los poderes constituyentes, la actualización de los pactos sociales básicos nacionales, la búsqueda de nuevas relaciones sociedad-Estado, etc., que están en todas partes. Que las dos sociedades de basamentos constitutivos más longevos y firmes, como El Reino Unido y EEUU estén convulsionados y con exigencias ciertas de cambios fundamentales, nos dice que llegó la hora de la inteligencia social amplia, para abrir paso al reacomodo institucional necesario, o vernos todos confrontados a riesgos severos, incluso en el ámbito global.

Obsérvese el entrabamiento en el manejo plenamente europeo de la actual situación económica de la UE, descúbrase la presencia de marxistas y trotskistas, mezclados en las multitudes en la Onda Renovadora Mundial, o piénsese en el escenario –es sólo eso, por ahora- de un rol mundial preponderante de la exitosa dictadura comunista china, y sabrán a qué me estoy refiriendo. Frente a ello, la procura de renovados pactos sociales y de gobernabilidad formales, inclusivos de la ciudadanía, es la vía genérica –las formas concretas son más- que puede contribuir a desactivar problemas, incertidumbres, amenazas y riesgos que están presentes en la hora actual.

Para la estabilidad y la paz, entonces, consensos sociales durables sobre agendas amplias, formalizables en un Pacto. La democracia de partidos es lo que ha demostrado: un juego olsoniano de suma-cero (o casi). Toca a la democracia ser tutelada por quienes siempre debieron: los ciudadanos. Es mi apuesta por la paz del convulso mundo actual.

*Santiago José Guevara García

(Valencia, Venezuela)

sjguevaragarcia@gmail.com / @SJGuevaraG1, en Twitter

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Si yo fuera un indignado (parte II)

Santiago José Guevara*

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