Se dinamiza el debate de contenidos

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No hay que ser inocentes; tampoco, escépticos. Ni todos los que dicen tener propuestas al país creen en ellas, ni todos los que no las muestran, las desprecian. Muchas propuestas son sólo un saludo a la bandera, o un trámite: quien no presenta ideas, se cree que no las tiene. Como para gobernar hay que hacer, pues, algo hay que decir. Y es elegante y bien valorado hablar de economía, relaciones internacionales, energía y demás temas importantes. Otros, poseen valiosas experiencias y dominan el arte del gobierno, pero se saben en un medio político sin retos intelectuales y sobrevaloración de la propaganda, la movilización y la organización. En ese medio vivimos. Y con él nos relacionamos. Pero, de algo sirve nacer de una madre terca. No hay que ser inocentes; tampoco, escépticos. Ni todos los que dicen tener propuestas al país creen en ellas, ni todos los que no las muestran, las desprecian. Muchas propuestas son sólo un saludo a la bandera, o un trámite: quien no presenta ideas, se cree que no las tiene. Como para gobernar hay que hacer, pues, algo hay que decir. Y es elegante y bien valorado hablar de economía, relaciones internacionales, energía y demás temas importantes. Otros, poseen valiosas experiencias y dominan el arte del gobierno, pero se saben en un medio político sin retos intelectuales y sobrevaloración de la propaganda, la movilización y la organización. En ese medio vivimos. Y con él nos relacionamos. Pero, de algo sirve nacer de una madre terca.

La crítica y la autocrítica en las que nos formamos, ahora son conductas de mal gusto. No está bien criticar. Y la autocrítica quedó para los confesionarios. No importa que se diga un exabrupto, si quien lo dijo “es mi tío”, o “para qué te vas a poner criticón, si con eso te rayas”. Los escenarios y algunas valoraciones prospectivas que manejamos nos indican que, en caso de triunfo opositor –es sólo un supuesto- el evento más probable es una continuación del manejo rentista, mercantilista y estatista, lo cual, por mínimo sentido ético, nos obliga a advertir el riesgo y formular los escenarios alternativos –es ésa nuestra formación-, pero, chocamos contra la cultura, las prácticas y los intereses establecidos. Ante ellos, sigo siendo terco. Cuesta vender un discurso a favor de la asunción de retos, pero es lo que nos toca.

Por fortuna, no soy el único que nada en contracorriente. En otros, estoy seguro, no es terquedad, sino convicción. Mi Universidad, en las personas de su Rectora y su Vicerrector Administrativo, han sido fundamentales en el impulso del Proyecto Bicentenario, ya comentado. IFEDEC, Centro de Política Públicas; Iniciativa Democrática, Gerver Torres y su “Sueño para Venezuela”; TREN; Enrique Colmenares Finol y nosotros mismos, hemos propuesto unos u otros contenidos orientados al largo plazo. Y, con otro horizonte temporal, comenzamos a recibir invitaciones para reuniones de discusión de agenda o programas, de cara a las elecciones presidenciales del próximo año.

Todas son bienvenidas, pero sus promotores deben admitir que algunas definiciones principistas, conceptuales y metodológicas son necesarias: 1) Deben orientarse al colectivo nacional, lo más extensamente concebido. Todos –todos- deben sentirse honrados por lo que se proponga. 2) El rumbo de las propuestas debe andar en el sentido del éxito nacional, el reto productivo, la honra de los derechos fundamentales, el capital social, la gobernabilidad democrática y otros atributos. No es cualquier cosa. Es construir otro país distinto al conocido. Y 3) su orientación debe ser al largo plazo.

Unos enunciados o un programa de gobierno no bastan. Lo que se haga en los primeros años –forzosamente planteado como transición democrática- debe ser, no para surfear el lapso de una gestión de gobierno, sino para asentar, sobre bases firmes, un proceso de consolidación democrática, aparejado con una transformación económica. Para ello, no caben el carisma, la inspiración o la predestinación, como únicos ingredientes.

Hay algunos términos-clave para el proceso: consenso nacional durable –o sea, un acuerdo al largo plazo-, un diseño o modelo de país, unas condiciones institucionales y sociales para avanzarlo y unos contenidos propiciadores para ello.

Nos hemos encontrado, en estos últimos años, con diversos planteamientos orientados a lo que exigimos: iniciativas constituyentes consensuales, visiones compartidas, proyectos nacionales de desarrollo, pactos de gobernabilidad, transiciones democráticas intencionalmente dirigidas a una consolidación posterior y otras iniciativas parciales.

Ojalá que el escenario que llamamos “Que siga la fiesta” ceda lugar al otro, contrario, que llamamos “Un lugar en el Mundo”. O sea, sin mayores detalles –que los hay- exigirnos tercamente pasar del rentismo a la productividad y de la precariedad democrática a su consolidación. Venezuela no merece otra cosa.

* Santiago José Guevara García

sjguevaragarcia@gmail.com / @SJGuevaraG1, en Twitter

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