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Todavía algunos en Venezuela sostienen la opinión sobre la superioridad en realizaciones de la dictadura perezjimenista (M. Pérez Jiménez, militar, 1952-1958). No me atrevo a opinar sobre la percepción chilena de la capacidad de cambio material de la era pinochetista. Pero algo similar a la primera opinión he escuchado o visto por ahí. Ahora en Venezuela, ante la imposibilidad de mostrar resultados de progreso del gobierno militar populista y comunista de Chávez, entonces se van por la vía del supuesto cambio social. Lo risible es que en todos los casos, la superioridad neta de la democracia respecto a las dictaduras es absolutamente medible. Todavía algunos en Venezuela sostienen la opinión sobre la superioridad en realizaciones de la dictadura perezjimenista (M. Pérez Jiménez, militar, 1952-1958). No me atrevo a opinar sobre la percepción chilena de la capacidad de cambio material de la era pinochetista.

Pero algo similar a la primera opinión he escuchado o visto por ahí. Ahora en Venezuela, ante la imposibilidad de mostrar resultados de progreso del gobierno militar populista y comunista de Chávez, entonces se van por la vía del supuesto cambio social. Lo risible es que en todos los casos, la superioridad neta de la democracia respecto a las dictaduras es absolutamente medible.

Quedémonos con el caso venezolano actual. Revisemos los resultados de todas las instituciones que construyen y difunden índices de variables reales (quiero decir, no financieras) relacionadas directa o indirectamente con el progreso económico. Facilidades para la producción, libertades económicas, competitividad, calidad de las instituciones, y para cerrar el recuento, la última de ellas publicada: la percepción de corrupción.

Permítanme una insistencia. En no tan reciente debate de televisión con una reconocida dirigente oficialista, ante la evidencia, en una de mis intervenciones, de los pésimos resultados en esos indicadores, se salió por la tangente, insistiendo que con la crisis se había mostrado la poca credibilidad de los indicadores financieros usuales. Mi respuesta es la que ahora desarrollaré.

Ninguno de los indicadores, incluido el de la tasa inflacionaria, es de orden financiero. Son de orden real. Tienen que ver con la calidad de vida presente o potencial.

No con flujos de caja o cotizaciones bursátiles, aunque también estén implicadas. Que haya o no condiciones y oportunidades para producir, que el medio sea o no transparente, que lo que se haga en el plano productivo no resista la competencia internacional, son signos inequívocos de no sólo un pésimo resultado, sino de un problema real desde el punto de vista de la calidad de gobierno y del manejo de políticas públicas presentes.

Pero, como casi todas las cosas en Economía, esas realidades son interdependientes e interrrelacionadas. La combinación de un muy bajo resultado del Índice “Doing Business” (pésimas condiciones para la producción) con uno de los peores resultados mundiales en inflación, tiene implicaciones negativas diversas sobre las variables micro y macroeconómicas y unas muy difíciles exigencias a un equipo tan mediocre como el alto gobierno chavista. Agréguele a eso, que su manejo es pro y no anticíclico, y la cosa se complica aún más. La realidad es de la inevitabilidad de una inflación crónica, la imposibilidad de bajarla, la inexistencia de salida por la vía de la producción interna y la dependencia de las importaciones.

Súmenle una tasa de cambio controlada, sin ajustes periódicos, un órgano ineficiente y corrupto de manejo del control de cambios, una conducta retaliativa hacia productores e importadores y etcétera, etcétera.

En fin, resultados deplorables. Inferiores a lo anteriormente logrado, a pesar de sus deficiencias. Y, esperamos –sobre ello estamos trabajando- que definitivamente irrisorios en comparación con la Venezuela posible.

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