La democracia como proceso sostenido

Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on reddit
Share on telegram
Share on email

Me causa risa la visión española según la cual se hace necesaria una segunda transición. Por razones cercanas, me toca el caso chileno, país progresista, pero con anclajes elitistas, como la limitación, de derecho y de hecho, a la educación universal. Y me duele el drama venezolano, país de oportunidades y potencial, botados por fallas de sostenibilidad de procesos virtuosos en la política y la economía. Me causa risa la visión española según la cual se hace necesaria una segunda transición. Por razones cercanas, me toca el caso chileno, país progresista, pero con anclajes elitistas, como la limitación, de derecho y de hecho, a la educación universal. Y me duele el drama venezolano, país de oportunidades y potencial, botados por fallas de sostenibilidad de procesos virtuosos en la política y la economía.

Que haya fallas en la consolidación democrática española es una cosa y otra, diferente, “pasar de un modo de ser o estar, a otro muy distinto al anterior”. El caso chileno permite decir que el viejo manejo de las élites, de limitar los “aspirantes”, para evitar conflictos, no tiene sentido en el seno del progreso generalizado. Es una evidente falla de transformación democrática. Las fallas de sostenibilidad del caso venezolano, presentes también en los otros dos, son un problema cierto de las democracias.

Concluyamos, entonces: la transición, la consolidación y la transformación democráticas son, todas, propiedades de forzosa consideración para la sostenibilidad de la democracia. Su correcta interpretación no está garantizada. A ella, y a los modos de manejo, habrá que dedicar esmerada atención.

Y voy directo a mi idea: la visión de la democracia como opción exitosa tiene que cambiar. Tiene que ser vista como proceso largo, con fases y exigencias específicas en cada una. Ella no garantiza su éxito si no es entendida y manejada como ciclo de largo plazo. Hago práctico mi concepto: debería considerarse, para cada país, la existencia de un “Observatorio de la Sostenibilidad Democrática”. La situación del mío, Venezuela, formalmente democrático, pero sujeto a un brutal proceso tiránico, me concede la posibilidad de dramatizar el requerimiento: la democracia debe ser prolijamente entendida y cuidada.

Nuestro país tuvo su última transición a fines de los ’50 del siglo pasado. Iniciada conscientemente con un esquema avanzado para la época, obra, en lo fundamental, de Rómulo Betancourt; sin embargo, se vio truncada muy pronto: unos cinco años, según sus mentores; unos diez, según nosotros. Sea como fuere, la transición no condujo a la consolidación ni se benefició de la transformación, para permanecer. Incluso con elementos propicios, en lo político, como la pacificación de sectores de la izquierda insurreccional; así como un país pletórico de recursos, pero un mal manejo de la política, el Estado y la economía, Venezuela vio declinar su progreso, a fines de los setenta, y surgir el clamor de los políticos más preclaros –de nuevo, presente Betancourt- por gobiernos de “concentración” o “concertación” nacional, a comienzos de los ’80. Desde mediados de esa década y en los ’90 se intentó la “reforma del Estado”, pero a fines de los ’80 comenzó una imparable pérdida de gobernabilidad. La oportunidad de oro de un nuevo marco constitucional y condiciones políticas propicias, a finales de siglo, se trasmutaron en un creciente conflicto político, la desaparición de la normalidad democrática y la historia de deriva cubanizante conocida. Caso lamentable, pero útil a la reflexión y la creación.

Los afanes a favor de la democracia tienen que exigirse, sin ambages, un mínimo de elaboración al largo plazo, siendo conscientes de la naturaleza diferente de los retos en cada momento del ciclo. Las acechanzas, problemas y riesgos de la transición democrática están en mucho relacionadas con los factores de poder salientes, incluso en casos de vacío o colapso. Ayuda la disponibilidad de una visión nacional clara y su operacionalización en un Proyecto Nacional. Avanzada la transición, los problemas son la incomprensión de la evolución o los anclajes autoritarios o elitistas mantenidos. Ya no hay régimen anterior a responsabilizar o culpar. Los problemas son de la dinámica de la democracia misma. La olsoniana lógica de los partidos y los grupos de presión tienen que ver mucho con el fenómeno. La idea de transformación permanente tiende a perderse con el creciente conservatismo de los gobernantes y grupos asociados.

La profesionalización y la institucionalización de los análisis de sostenibilidad resultan, entonces, necesarias. Para avanzar en la democracia, no basta tenerla. Hay que transformarla.

*Santiago José Guevara García

sjguevaragarcia@gmail.com / @SJGuevaraG1, en Twitter

TE PODRÍA INTERESAR

DEJA UNA RESPUESTA