En economía no se puede ser simplista

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Lo hemos dicho: en muchos casos, el simplismo en las definiciones económicas es un subterfugio para hacer pasar manejos de la conveniencia de grupos o sectores, que disfrazan de profesional lo que sólo está dirigido a la obtención de “rentas de situación” y muy poco dispuesto a los retos de la real competitividad del mundo actual, marcada por el liderazgo en costos o la permanente diferenciación y necesitada de librarse del cómodo, pero dañino, trasiego de recursos públicos. Lo hemos dicho: en muchos casos, el simplismo en las definiciones económicas es un subterfugio para hacer pasar manejos de la conveniencia de grupos o sectores, que disfrazan de profesional lo que sólo está dirigido a la obtención de “rentas de situación” y muy poco dispuesto a los retos de la real competitividad del mundo actual, marcada por el liderazgo en costos o la permanente diferenciación y necesitada de librarse del cómodo, pero dañino, trasiego de recursos públicos.

La larga historia fascistoide ibérica ha sido una influencia presente en América Latina –Perón y muchos-, revestida de formas convenientes de “concertación”, pero no como modo aceptado de gestión de problemas puntuales, sino como norma frecuente de relación entre grupos y Estado. Eso se llama corporativismo; nunca, capitalismo. En lo político, por su apoyo en grupos y no en formas transparentes, tampoco puede llamarse democracia.

Se trataba –se trata- de un reparto de poder y dinero. Los mecanismos preferidos, que no los únicos: la protección arancelaria y el financiamiento subsidiado: dinero del bolsillo de consumidores para “empresarios” bien relacionados. Incluso, en casos, impuestos parafiscales: administrados, no por el Estado –como debe ser- sino por gremios.

Es un viejo tema de la politología norteamericana: el interés general sujeto al de grupos especiales (llamados “de presión”, en nuestros predios). El control fiscal, la rendición de cuentas, la acción arbitral de los congresos nacionales, no estaban presentes. El paraíso de un cierto tipo de señoreaje.

Venezuela, el edén de la liquidez y las estructuras monopólicas, ha contado, además, con una historia larga de financiamiento estatal subsidiado, controles relajados de sus usos e –insólito- el uso de la condonación de todas las deudas, como mecanismo de gracia de los gobernantes. Igual, relato siempre la historia de una agencia provincial de reforma del Estado que me tocó crear en los noventa, en un estado llanero, convertida, al día siguiente de su creación, en una de microcrédito agrícola, evidentemente, de fácil acceso, cómodas condiciones; pero, vida corta. Cómo se pasó de una agencia de reforma institucional a un banco público para amigos, toca explicarlo a otros.

En Colombia, la federación de los cafetaleros recibía recursos directamente de los obligados con el Estado y asumía gastos de naturaleza estatal. De igual forma, las cámaras de comercio, de naturaleza mixta, administraban fondos públicos.

Por el contrario, en la Costa Rica de comienzos de siglo, se experimentó con una política industrial “blanda”, basada en una precisa asignación de recursos a gastos de apuntalamiento a sectores o enclaves con potencial competitivo, por la vía de concursos. La base conceptual de acciones de ese tipo, la exponíamos en un artículo anterior.

En la misma línea, con altibajos, Asia ensaya diversas acciones. Más por la vía de las externalidades que por la corrección de las imperfecciones de mercado. En todos los casos, a diferencia del rentismo venezolano, con exigentes normas de desempeño.

La política industrial, en general, está sometida a debate. Es un tema sectorial. En su nivel, los corporativismos se corrigen con los avances democráticos. Es el nivel global. Resulta necesario puntualizar que procede el desmontaje de los privilegios discrecionales, profesionalizar e independizar las instituciones monetarias (en Venezuela no lo están), profundizar la acción arbitral y controladora del cuerpo legislativo, mejorar la rendición de cuentas, cimentar una doctrina nueva acerca de los cometidos gubernamentales, claramente en la línea de la economía mixta, tal como la hemos propugnado, y no con el simplismo de la defensa del capitalismo.

En los sectores democráticos de Venezuela, quienes propugnan el “capitalismo”, a secas, evaden estas discusiones. Lo de ellos es posesionarse del rol de árbitros. Árbitros sin reglas. Sin compromisos explícitos. No lo acepto. Es un subterfugio. Es el mundo del rentismo.

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