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Conocí la función global o macroeconómica de producción por allá en el ’70. Como expresión matemática nos dice que el producto de una economía depende de cinco variables, factores o recursos: naturales, humanos, de capital, del conocimiento e instituciones. Conocí la función global o macroeconómica de producción por allá en el ’70. Como expresión matemática nos dice que el producto de una economía depende de cinco variables, factores o recursos: naturales, humanos, de capital, del conocimiento e instituciones. También matemáticamente nos permite conocer que de cada uno de ellos interesan dos cosas: la cantidad usada y su rendimiento (su productividad marginal). Es la matemática como lenguaje, no como medio de cálculo.

Siempre me ha sido útil. A veces, dura de explicar. No sé si su sencillez confunde y hace menospreciarla. Muchos ignoran sus enseñanzas. Cuando me tocó replantear la materia de la escuela en la cual ejercí docencia de pregrado en Economía en los inicios de mi carrera, enfrenté a tirios y troyanos que no aceptaban el planteamiento analítico que proponía: los recursos son instrumentos (aunque solo una parte) de nuestra función de resultados. Sin su apropiado manejo, fracasamos.

Y resulta que el aserto se cumple dramáticamente en Venezuela: un país pletórico de recursos,… ¡que ha fracasado!, cuando hace un poco más de medio siglo (o sea, que lo he visto y vivido) ostentábamos lo que llamo la “pole position” para el ingreso al primer mundo.

Una visión instrumental poco frecuente en el manejo de la función referida tiene que ver con la naturaleza y posibilidades de sus distintos recursos. Los dos primeros, naturaleza y recursos humanos, son originarios; los otros tres, creación humana. Ninguno es un dato dado, ni siquiera la naturaleza. Aun los originarios, pueden ser incrementados y mejorados con los creados, y, la visión más útil a lo que nos interesa: mientras mayor sea la proporción de los recursos creados en el producto, mayor es el desarrollo y mejores serán las oportunidades.

Y llego al llegadero: a los países les interesa decisivamente: 1) agregar valor a su dotación originaria de recursos, 2) que eso lo haga su gente y 3) saber que todo ello les es permitido por su dotación de capital, su manejo del conocimiento y el apropiado desarrollo de las instituciones.

Como ven, en nuestro caso, en el centro se encuentra la gente venezolana. El foco debe desplazarse (digo desplazarse, no ignorar) de la convencional y dañina dependencia del petróleo y situarse en el posicionamiento en los circuitos de capital, una apropiado manejo de los temas de la I + D + i (investigación científica, desarrollo tecnológico e innovaciones comerciales) y la apropiada dotación de instituciones para el progreso y la estabilidad.

A eso debería apuntar Venezuela. Su Visión de País; es decir, la imagen que queremos proyectar a un futuro no tan lejano (¡sí es posible!) es la de un país exitoso en lo económico, lo social, lo cultural, lo político y lo institucional. El “cómo” está contenido en el párrafo anterior. El centro es la gente. Allí es dónde se debe concentrar los esfuerzos. No es palabra vacía ni oferta demagógica: es plantearnos el reto justo: el del desarrollo humano de primera línea de los venezolanos.

Eso lo hemos venido diciendo y construyendo compartidamente desde el 2002. Como mensaje a cada venezolano lo planteamos en términos de “Tu país será próspero, justo, estable y en paz, con base en la posibilidad real del desarrollo humano para todos, soportado en una economía progresivamente consolidada como un centro regional de servicios y negocios” (se refiere a la región de América Latina)”.

No es la posibilidad de tener “parabólicas” en casa, como un día quiso convencerme un gran exponente de la política de finales de siglo; tampoco el actual esquema de “misiones” y populismo educativo, por un lado, y “camionetotas”, por el otro; sino una acción sostenida en los campos de la habitabilidad, la vivienda, la alimentación, la salud, la educación, el desarrollo cultural y científico y los servicios; para no abundar en detalles. Y eso, progresivamente financiado, por los mismos recursos de hoy, pero, cada vez más, por un importante sector productivo, en el secundario y en el terciario, capaz de competir regional y mundialmente.

No es ostentar riqueza: es tener la certeza de un país rico, que desarrolla sostenidamente esa riqueza. No el engaño actual, ni los fracasos del pasado. No debe olvidarse que Venezuela creció ya (o sea, que ya pudimos) un promedio de más de un 6% anual, entre finales de los ’20 y finales de los ’70 del siglo pasado. Lo demás nos castiga y avergüenza.

Proponemos esa Visión de País. De ella se desprende un conjunto de ejes estratégicos, surgidos en el contexto del Proyecto Bicentenario, de amplia coincidencia con los desarrollos del MID Táchira. Nuestro libro del 2010 propone una relación concatenada de hitos, que permiten la diacronía útil al despliegue de lo que llamamos un Proyecto Nacional de Paz y Progreso. Por ahora, apuntar bien: adoptar y dirigirnos, con plena alineación, a la Visión que nos redime y realiza. Tener claridad de lo que se quiere facilita ampliamente llegar a ello.

* Santiago José Guevara García

(Valencia, Venezuela)

sjguevaragarcia@gmail.com / @SJGuevaraG1, en Twitter

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