Dirigencia

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Una vieja tesis gramsciana ronda mi cabeza. Nada que ver con revoluciones proletarias, por cierto, para que no se asusten mis amigos de la derecha venezolana. Más bien, una burguesa. O mejor aún policlasista. Así que tranquilo, Enio. Una vieja tesis gramsciana ronda mi cabeza. Nada que ver con revoluciones proletarias, por cierto, para que no se asusten mis amigos de la derecha venezolana. Más bien, una burguesa. O mejor aún policlasista. Así que tranquilo, Enio.

O multisectorial, para salirnos del estrecho callejón conceptual marxista. En la Venezuela de hoy hay condiciones para un nuevo bloque hegemónico, para lo cual resulta necesaria la irrupción de una nueva intelectualidad dirigente: una nueva dirigencia.

José Efraín Valderrama, joven, aunque maduro abogado amigo; en una época, del círculo cercano de uno de los intelectuales de mayor prestigio -aunque infausto- del régimen: Carlos Escarrá, cercano ahora a nuestros afanes, me pregunta incesantemente sobre el carácter de la chispa que arderá en la pradera de la política venezolana; o sea, cuál la naturaleza del “momento revolucionario” (otra vez Gramsci) que dará paso a la nueva hegemonía.

De algo estoy seguro: no lo será por las “clases subalternas”. Ente ellas y la “chispa” media aquella intelectualidad. Cuatro componentes del momento, los cuales hemos mencionado en artículos anteriores, no son del conocimiento de la actual dirigencia, ni de fácil alcance para las “clases”: su naturaleza misma, el diagnóstico integral de la situación, la agenda necesaria y la estrategia para avanzarla.

De dónde provendrán y cuáles serán los sectores “revolucionarios”, cuál es la naturaleza de la crisis del actual bloque hegemónico, cuál el “programa revolucionario” y cuál la “alianza política” y su estrategia son los temas de la agenda política en la Venezuela que quiere cambiar el fondo de las cosas en la actual política.

Hay, para mí, claros indicios de lo primero, lo cual no revelaré. La naturaleza de la crisis se asocia al incapacidad manifiesta de la actual dirigencia –de lado y lado del statu quo- para aportar soluciones a sus clientelas. El “programa” incluye una convocatoria a cambiar, el esfuerzo de organizar la confluencia de “clases”, la proclama de una transición, el acopio y uso de los medios institucionales para el cambio, la lista de prioridades temáticas, el esfuerzo de consensos y el establecimiento formal de los acuerdos logrados. La estrategia, también queda in pectore.

Nuestras “tesis avanzadas”, en este mismo medio, sobre los tipos y casos de transiciones a la democracia nos ayudan a orientar las faenas. “Hay que identificarlos, comprender la “mezcla” presente o posible en cada situación, anticipar su comportamiento y ensayar un modo de optimización de su resultado. Interesa, pues, disponer de una plantilla analítica para comprender, anticipar e influir, si es el caso, el curso y destino de una transición”.

Son diversos los requerimientos dirigenciales para procesos del tipo que mencionamos y que constituyen nuestro principal interés en el momento actual. Más aún, al considerar los muy diversos escenarios que puedan presentarse. Anticipación, creación y manejo fluido de escenarios, fines estratégicos, organización, dotes de dirección, capacidad de operacionalización de la estrategia, claridad y firmeza negociadora, convicción sobre las exigencias de coordinación y sinceridad en la evaluación del todo, son algunos atributos necesarios.

En este país de la banalización, de lo cual la última víctima ha sido el concepto de transición a la democracia (para todo el mundo, estamos “en transición”; no se sabe a qué, pero así lo dicen), sobre la pregunta sobre cómo conducir un momento revolucionario, a lo Gramsci; en este caso, un Momento Transicional (a la democracia), nadie se ha planteado siquiera la duda sobre las particularidades posibles de un proceso de ese tipo, y cuáles son sus exigencias de manejo. Créanme que la reflexión normativa al respecto es, de verdad, un bien raro en el mundo.

Y ha sido nuestro objeto de reflexión y elaboración en los últimos años. Venezuela necesita reelaborar su política democrática. No para la actual oposición, sino para la nación. Toda ella, que quede claro.

En el chavismo hay deserciones. En la oposición, luego de su tiempo glorioso de la primera quincena de abril, se enfrenta ahora un período de tensiones y desgaste. El país se problematiza cada vez más. Su bienestar está severamente afectado y podría estarlo aún más. La sumisión al castrismo, Lula y China genera estímulos al nacionalismo. A éste se le va a responder con violencia institucional y parainstitucional. Todas las instituciones se desdibujaron. El país perdió sus elementos cohesivos. Es, sin exageración, una bomba activada. Exige, dicho con sentido de responsabilidad, un tiempo de liderazgos.

“Gobernar, a veces, es una forma superior de enseñanza”. Eso decimos en nuestro libro del 2010, el cual, hoy, de no mediar nuevas contingencias, debo entregar en sus manos a Henrique Capriles Radonsky. De toda evidencia, puede decirse lo mismo de la política. Intelectuales y dirigentes son hoy la yunta para salvarnos. Esa es la vanguardia de una nueva dirigencia.

*Santiago José Guevara García

(Valencia, Venezuela)

sjguevaragarcia@gmail.com / @SJGuevaraG1

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