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Economía V

viernes 24 de abril de 2015, 01:00h
EL CLIMA DE LOS SETENTA: CASO ESPAÑOL. Europa del sur fue el foco de atención de la incipiente Transitología en los setenta. Para lo económico, debe estarse muy claro en que aún no existía la sistematización surgida por la vía del enfoque que, con base en la disolución de la Unión Soviética y su blo
EL CLIMA DE LOS SETENTA: CASO ESPAÑOL. Europa del sur fue el foco de atención de la incipiente Transitología en los setenta. Para lo económico, debe estarse muy claro en que aún no existía la sistematización surgida por la vía del enfoque que, con base en la disolución de la Unión Soviética y su bloque, se llamó “Transición del Comunismo al Mercado”.



Por razones de cercanía cultural, detalles anecdóticos personales y la marcada importancia del aporte de la Economía al proceso, nos basamos en el caso español. Se constituirá en el punto principal de apoyo de este artículo, sin menoscabo de referencias posteriores a otros en la serie.



En nuestra propia clasificación de tipos de transición a la democracia, la española fue, como decisión, una transición propiciada, que se definió a partir de una cooptación en el régimen franquista y optó por un proceso notable de negociación entre sectores sociales y políticos.



Su agente fundamental, entonces, fue el propio régimen autoritario. Mantuvo el liderazgo, con sus ventajas, y también sus beneficios y costos. La transición española no la consideramos, como Share y Mainwaring, un caso de autoexclusión porque el término no expresa la realidad de las cosas.



El régimen fue a una transición, pero la marcó con sus valores e intereses. Importante, para no exigirle lo que no se correspondía con su realidad, ni estuvo en la gestión de los otros sectores participantes.



El contexto económico mundial era complicadísimo, pero propicio a cambios. La caída del sistema de Breton Woods –paso a un sistema de tasas de cambio flexibles-, la primera alza de los precios petroleros –alzas sensibles de los costos productivos y merma del poder de compra de las familias-, una para entonces incomprendida inflación y el desconcierto de la Ciencia Económica, eran factores duros.



En Europa se presionaba por el avance de la integración y España era, despectivamente dicho, parte de África (“África comienza en los Pirineos”, decíamos en Francia). Esa integración y el control de la inflación, para la intelligentsia española solo eran posibles en democracia, con acuerdos sociales, nuevas instituciones y una política económica montada sobre las dos primeras condiciones. Buena alquimia transicional.



Eso produjo el “Big Bang” transicional español, caso emblemático de transición propiciada, con un importante aporte de procesos de negociación entre los agentes sociales. El maximalismo de algunos, sobre todo de los extremos, ha criticado en los últimos años la ausencia de lo que nunca estuvo en la agenda de los setenta.



Anecdóticamente, recuerdo unas dos conversaciones en las oficinas centrales de la OCDE, en París, con participantes de los Acuerdos de La Moncloa, que se interesaban mucho en el proceso venezolano, el Pacto de Puntofijo y las elaboraciones en torno a ellos. Puntofijo fue una referencia importante para algunos españoles.



Recuerdo mi insistencia en la naturaleza y características de cada proceso. En Venezuela hubo un caso de transición por vaciamiento (o colapso); en España, por propiciación. Las circunstancias y sus resultantes son diferentes, sin que ello limite la posibilidad –por capacidades políticas o técnicas y sagacidad estratégica- de forzar la frontera de posibilidades.



Desde el inicio los requerimientos económicos estuvieron claros. También las respuestas de los agentes institucionales, políticos y sociales. La concertación social estuvo en el basamento de las decisiones y acciones. Es conocida la anécdota de la conversación entre Adolfo Suárez y Felipe González, en el inicio de las reuniones de La Moncloa, para la incorporación de Santiago Carrillo a ellas, para procurar un acuerdo de contención salarial que aportara a la solución del problema inflacionario.



Lo anterior es un ejemplo de laboratorio de la utilidad del conocido medio de las incomes policies, que tienen que ver no solo con convicciones sobre las causas de los problemas de inestabilidad (ejemplo preciso: la inflación por costos), sino en el inteligente manejo de la realidad social y política del caso. Ya vemos, entonces, dos componentes del proceso español: concertación social e inevitabilidad de políticas de estabilización.



El siguiente componente fue el conjunto de medidas de ajuste y reformas que hicieran confluir al país a lo ya existente en el contexto europeo. Se procuraba la inserción en Europa y ello exigía acercarse a estándares de economías de mercado. Se llegó a hablar en la época del llamado “Modelo de Homologación Europea”, como la guía más conveniente para el rumbo económico.



Pero, había especificidades. En la economía protegida existente, pese a las reformas de finales de los ’50, había que ingeniarse para procurar apoyo social, no por la vía de los salarios, dados los precios de una economía protegida, sino con una mezcla ingeniosa de políticas diversas. Se liberalizó, pero también se movieron ambos miembros de la ecuación fiscal. Era un paquete armonioso de políticas.



Una situación como la española de la época, analizada a un nivel más teórico plantea la interesante disyuntiva entre, por un lado, las posibilidades de largo plazo a favor de una completa consolidación democrática, como resultado del conjunto de medios asumidos; por el otro, las limitaciones políticas y de manejo del momento de las definiciones.



Pues bien, el proceso español a la consolidación democrática ha confrontado atascos. El consenso básico desmejoró, el Estado muestra fisuras, el gasto se hizo obeso, repetitivo y de mala calidad y desapareció el encanto por la transición y la cultura a su alrededor.



Se ha llegado a pedir una “Segunda Transición”, se ha abierto una no siempre razonable criminalización de la transición y de alguna forma se perdió el camino a la prosperidad creciente. España ahora sale de la crisis, pero no ha habido la discusión sobre el redireccionamiento en la vía a la consolidación. Una nueva generación de reformas (ejemplo: laborales) y el tema del modelo productivo están en la agenda del largo plazo.



No es ocioso recordar que el asunto no es tema del corto, sino del largo plazo. Y que las definiciones institucionales de proyección larga son absolutamente ineludibles.



* Santiago José Guevara García

(Valencia, Venezuela)

sjguevaragarcia@gmail.com / @SJGuevaraG1

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